domingo, 30 de marzo de 2008

Niños correteando por el salón de bodas. Vestidos vaporosos de damita de honor, zapatos Merceditas y flores en el pelo, ellas. Pelo engominado de punta, corbatas y chalecos en miniatura, versiones reducidas de papá, ellos. Son los hijos de mis primos. Un ramillete de chiquillos que parecen surgidos de la nada, pero que han ido apareciendo poco a poco, a pesar de nuestra falta de contacto, testimonio palpable de que el tiempo pasa, y la vida sigue, repitiéndose de manera tan milagrosa como simétrica, tan caprichosa como metódica. Un puñado de arruguitas nuevas en los ojos da fe de los años transcurridos desde la última boda en que nos vimos, y también los kilos que esconden a los chicos flacuchos y nerviosos que fueron un día. Ahora llaman a sus hijos para la foto con la novia de hoy, pero sonríen igual que hace tantos años, más de treinta, los de mis mejores recuerdos de infancia, junto a ellos. La misma cara pícara que cuando mataban lagartijas con tirachinas, el mismo gesto travieso del que siempre ganaba a los otros corriendo, la misma sonrisa embaucadora de la única niña entre cuatro hermanos, capaz de ganarse al padre más severo… Hay cosas que el tiempo no borra ni cambia, por mucho que lo intente, por mucho que nos empeñemos en cerrar los ojos y volverlos a abrir veinte años más tarde. Y si las cambia, es sólo en apariencia. Porque ayer escuché las mismas carcajadas descontroladas e incontrolables, idénticas a aquellas que volvían locas a nuestras madres, a su tía y la mía, cuando éramos nosotros los que nos aburríamos juntos en la iglesia, y trotábamos sin control entre los camareros sofocados y en equilibrio inestable con sus bandejas llenas de gambas y langostinos. Son otros, sí, pero no tan distintos a los que fuimos, ésos que ahora se colocan junto a la chica vestida de blanco, siguiendo las instrucciones del fotógrafo, los pequeños delante, los mayores detrás, aunque las madres de entonces sean ahora las abuelas, las que gritan intentando reunir a la manada en desbandada por la plaza del ayuntamiento: “Venga, todos los niños, una foto con la novia…”.

No sé si el novio merienda todavía bocadillos de chopped de lata, del cuadrado, como en la foto. Yo, no, aunque a veces lo veo en la tienda, y me acuerdo de lo rico que estaba. Hace siglos que mi abuela no vive en esa casa, la derribaron hace mucho tiempo. Sin embargo, él me dedicó ayer la misma sonrisa de entonces, idéntica, al despedirme de él, pasada la medianoche, cuando me dijo lo mucho que se alegraba de que hubiese ido a su boda…

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