lunes, 17 de marzo de 2008

Tengo sueño. Ahora mismo y casi todo el tiempo. Recién levantada, a eso de las siete. A media mañana, mientras me preparo un té con unas galletas. Después de comer, a pesar del café que me obligo a tomar. Cuando salgo de trabajar, justo en el momento en el que la descompresión hace que me pegue el bajonazo que ha conseguido evitar la actividad constante a lo largo de todo el día. Cada vez me cuesta más trabajo madrugar, ya dejo sonar tres veces el móvil antes de levantarme cuando antes lo hacía a la primera. Me echaría la siesta cada tarde, pero es un lujo que sólo puedo permitirme los fines de semana, y ni siquiera los dos días. Sin embargo, intento aprovechar lo que me queda del día después del trabajo, y no me acuesto a las diez de la noche, a pesar de que es algo que haría encantada de la vida más de un día.

¿Sueño atrasado? Quizás. Lo comprobaré esta semana, porque pienso pasar todo lo que pueda de la Semana Santa dormitando. Con el pijama. De la cama al sofá, y del sofá a la tumbona, en la terraza, al sol, si es que el tiempo lo permite.

Se me cierran los ojos sólo de pensarlo…

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