sábado, 19 de abril de 2008

Dejé de creer en Dios el día en que un sacerdote me hizo llorar en plena confesión, salí corriendo de la iglesia, y nunca más volví, exceptuando bodas, bautizos, comuniones y algún que otro funeral. Nunca fui una niña santurrona, jamás pensé en hacerme monja, o en irme a las misiones, pero iba con ganas a misa, y me caía bien Jesús, aunque no entendí nunca cómo fue tan poco avispado eligiendo sus amistades, y sabiendo que Judas le iba a traicionar, no le echó de la pandilla mucho antes, evitándose morir tan dolorosamente. Aquello, lo de mi última confesión, no hizo más que corroborar esa idea mía que ya me rondaba desde las primeras nociones religiosas que recibí en el colegio: si Dios era Dios, ¿por qué no ejercía plenamente de ello? ¿Cómo podía ser tan dejado y poco cuidadoso, cuando podía, si quería, tener el mundo verde y lleno de comida y agua potable, y si le daba la gana podía conseguir que sus habitantes fueran felices y nunca pasaran hambre ni calamidades? Recuerdo aquel día, y en cómo mientras me secaba las lágrimas camino a casa de mi abuela, en el pueblo, pensaba que jamás me entraría en la cabeza que un Dios todopoderoso, con capacidad para hacer lo que le diera la gana, y que encima presumía de ser padre, dejase a gente tan mala y con tan poco tacto a cargo de sus hijos. A mis once años, yo sabía que nadie en su sano juicio deja a sus niños con una niñera desabrida y gritona, así que no me explicaba cómo Dios había elegido tan rematadamente mal a ese representante suyo en la tierra.

Más tarde, la realidad siguió contradiciendo la idea de que Dios era bueno, lo sabía todo y podía con todo lo que le echaran. No veía yo la bondad por ninguna parte en alguien que permitía que gente buena enfermara y muriera sin mover un dedo. Si tanto sabía Dios, ¿cómo era posible que no se enterase de tanta injusticia como ocurría en el mundo? Y si se enteraba, ¿cómo era tan pasota y, en lugar de ver cómo todo se iba a la mierda, no usaba sus poderes ilimitados e infinitos para arreglar los desaguisados que los hombres hacían?
Al final, llegué a la conclusión de que Dios debía existir, pero era tan mayor ya, tan senil y harto de todo, que no tenía ni ganas ni fuerzas para hacer nada por una humanidad que sí, quizás un día le importó, pero ahora mismo le daba exactamente igual la suerte que corriera.

Sigo pensándolo.

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