jueves, 24 de abril de 2008

A veces tengo la sensación de hacer el tonto de una manera constante y repetitiva, digna de mejores causas en las que la tenacidad y la persistencia son imprescindibles para tener éxito. Pero para esas cosas no tengo paciencia, me desespero y abandono, mientras que para las historias que me dejan jodida y de mala manera, tengo una mano que el tiempo no hace sino mejorar, hasta el punto de que creo que cuando llegue a los 80 años, van a instituir un Premio Nobel de la Imbecilidad sólo por dármelo a mí, por toda una vida haciendo el canelo.

No sirve de nada intentar convencerme a mi misma de que confiar en la gente tiene esos riesgos. Y eso que me tengo por prudente... Miedo me da pensar qué sería de mí si fuera más atolondrada y temeraria de lo que soy, menos reflexiva y cuidadosa. Pero, a fin de cuentas, se trata de personas, es decir, estás jugando con fuego, y aunque sabes que puedes quemarte, e incluso, previsora, tienes ya a mano la pomada antiquemaduras, cuando pasa duele igual que las otras veces, o quizás cada vez un poco más, porque eres cada vez mayor y tienes la piel más frágil, y el corazón no se te endurece con cada nueva decepción, al contrario, las numerosas cicatrices hacen que sientas los cambios de tiempo. Y te engañas a ti misma queriendo creer que lo has visto todo, que tienes callo después de tantos fiascos anteriores, que tampoco es para tanto, pero es mentira, y lo sabes. Y descubres que todo sería más sencillo si fueses de otra manera, pero no lo eres, y sabes que no lo serás, porque no eres capaz, y en el fondo tampoco quieres ser distinta, aunque ahora te escueza, y reniegues de tu arte para meter la pata, de ese don que tienes para dar más cuanto menos recibes, del error, mil veces repetido, mil veces no subsanado, de esperar demasiado, o quizás sólo de esperar lo justo, lo que te mereces, un quid pro quo no escrito que se cumple muy pocas veces, pero que debería ser norma inviolable, pero no lo es, ni lo será, a pesar de tus berrinches, de tu tristeza regular y cíclica, repetitiva y absurda a fuerza de ya vivida en otras ocasiones, de tu amargura sombría que se instala poco a poco en el fondo de tu alma, ganando terreno a esa candidez que sigue dominando, pero ¿hasta cuándo? Porque, mal que nos pese, vivimos en un mundo en el que confiar en los demás es una actitud suicida, como llevar pegado a la espalda un monigote de inocente a sabiendas de que se reirán de ti.

Y cuando sientes que has hecho el tonto, de nuevo, duele. Siempre. Cada vez. Todas las veces.

Como si fuera la primera.

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