sábado, 10 de mayo de 2008

Cuando era pequeña y tenía que estudiar o hacer deberes, envidiaba a los mayores, porque yo creía que cuando salían del trabajo se olvidaban de todo hasta el día siguiente, y podían empezar a vivir, sin ataduras ni comeduras de coco. Mentira y gorda. Ahora que trabajo, y que esa tarea ocupa casi la mitad de mi día, no consigo desvincularme por completo de mis preocupaciones laborales, y me las llevo conmigo a cuestas durante el resto del tiempo que me queda libre. Llevo años intentando no hacerlo, pegar el portazo y dejar atrás todo cuando salgo de la oficina, pero no puedo. No sé. No soy capaz. Y me fastidia, porque eso me ha llevado más de una vez a alcanzar unos niveles de angustia y saturación tales que me han hecho dejar casi todos los trabajos que he tenido. Y cada vez tengo más claro que el problema no son los empleos que consigo, sino yo. Ahora, una vez más, vuelvo a sentirme superada por mis obligaciones, y con las ganas de mandarlo todo a paseo rondándome peligrosamente. Me conozco lo suficiente como para saber lo delicado que se vuelve todo cuando empiezo a sentirme así de mal. Si hago lo que deseo, lo que me pide el cuerpo y el espíritu, o sea, largarme, supondría volver una vez más a la casilla de salida, pero ¿para qué? Dentro de otros pocos años, volveré a sentirme igual, y volveré a salir corriendo, huyendo de la quema que yo misma he provocado con mi incapacidad de hacer las cosas de otra manera.

No tengo arreglo, y, la verdad, es bastante desesperante.

0 comentarios: