miércoles, 7 de mayo de 2008

Dejé de correr por las mañanas porque no podía con mi alma por las tardes, y a eso de las 21:30 el cuerpo no me pedía otra cosa que irme a la cama. Y, la verdad, eso no era vivir. Sin embargo, aquí estoy de nuevo, poniendo el despertador a las 06:07 tres veces por semana y corriendo cuando aún no han puesto las calles y ni siquiera los dueños de perros están paseando a sus mascotas. Y no, no es que de repente me haya entrado la furia de la operación bikini, ni me haya vuelto vigoréxica perdida. Qué va. Deportista no seré, pero sí disciplinada en lo que a los médicos se refiere. Y cuando uno te dice que o hago ejercicio de manera regular o mi calidad de vida se deteriorará a pasos agigantados, porque me asfixiaré en cuanto dé dos pasos, y seré una ancianita ahogada dentro de menos de 20 años, sacas de nuevo el pantalón corto y te pones las pilas.

Lo más gracioso de todo es que esta vez no sólo aguanto bien el tirón, y no me duermo por los rincones, sino que le estoy encontrando el gusto a lo de moverme. Llego a la oficina con una energía y un ánimo tan efervescente que no me lo creo ni yo, pero es un hecho tan palpable y tan gratificante que creo que me tendré que tragar todas mis palabras sobre la inutilidad de correr cuando no vas hacia ningún lugar. Correr me gusta (¡cielos! ¿Yo estoy escribiendo “eso”?), me produce un placer que aún no me explico, pero que es tan real como la camiseta que me quito chorreando después de media hora de carrera. Y creo que quizás entiendo el por qué de que haya sido este deporte, el de correr, el que finalmente ha logrado dar en el blanco conmigo, incluso salvando la circunstancia tan particular, lo de la prescripción facultativa, y consiguiendo que la obligación se esté convirtiendo poco a poco en devoción: porque va con mi forma de ser, con mi carácter. ¿Qué se necesita para correr? Nada, es decir, un par de zapatillas que todo el mundo tiene en el armario, y la calle. Ni instalaciones deportivas, ni vestuarios, ni duchas, ni más gente con la que tengas que ponerte de acuerdo para nada. Tú y tus piernas. En cualquier parte. A cualquier hora. Tú y tu ansia de superación y de hacerlo mejor.

Me encanta cuando la vida me sorprende.

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