domingo, 25 de mayo de 2008

En toda mi vida, he tenido ocho pares de gafas. Las gafas me han durado una media de cinco años, el tiempo suficiente como para que la pintura empezara a deslucirse, los cristales a rayarse, y el modelo a pasarse de moda. Durante un lustro, las gafas se han ido fundiendo con mi cara, con mi persona, y han terminado siendo parte de mí, como lo son mis orejas o el lunar del entrecejo. Quizás esa sea la razón de que nunca haya sido persona de tener varias gafas y combinarlas con la ropa según el día: porque no son un complemento del vestir, sino una parte más de mi cuerpo. Una parte artificial y ajena, sí, pero a fin de cuentas algo que, a fuerza de acompañarme tantas horas al día, termina siendo tan mío como mi metro setenta o mi pelo negro y liso.

Las gafas son lo primero que me pongo y lo último que me quito. Lo primero que veo cuando abro los ojos, y lo último que miro antes de apagar la luz.

Chicas, bienvenidas. Espero que lo pasemos bien juntas los próximos años…

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