sábado, 21 de junio de 2008

Es extraño cómo la vida es cíclica y obstinada, y a pesar de su fama de sorprendente e inesperada, a veces resulta tremendamente poco original... Lo digo porque hay cosas que se repiten una y otra vez a lo largo de los años, cambian los detalles, pero no el fondo, y lo hacen con una insistencia machacona de la que creemos escapar cada vez, por la experiencia ya vivida, por lo que curte la adversidad…, pero nos engañamos: la idea de que la próxima vez será diferente sólo es una ilusión óptica que dura lo que dura, mucho o poco, pero el ciclo nunca se rompe, siempre termina por imponerse, sorprendiéndonos todas las veces, como si no fuera posible desprenderse del todo de esa nota ingenua.

Ahora mismo me encuentro en el mismo punto en el que estaba el verano que siguió al inicio de este blog, nada menos que cinco años atrás: en el paro, después de haberme marchado de un trabajo que estaba acabando conmigo. Contenta por mi libertad recobrada, por haber conservado la entereza suficiente como para haber decidido actuar, pero triste por haber vuelto a terminar igual que en otras ocasiones similares: con las ilusiones en la cuneta y la sensación de que no aprendo. Un dejavu que me sé de memoria.


Es curioso, sí. O quizás no tanto. Porque yo era ésa que empezaba muy bien, evitando el pozo y el laberinto, cayendo incluso alguna que otra vez en los dados, pero invariablemente terminaba tropezando con la calavera cuando jugaba al Juego de la Oca.


De vuelta a la casilla de salida…

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