viernes, 11 de julio de 2008

Aeropuerto de Estocolmo. Después de una noche infernal en el tren, lleno de adolescentes suecas ruidosas, un borracho gritón y unos asientos diseñados para cualquier otra cosa menos para poder dormir... Echando de menos el kit que los ferrocarriles noruegos ofrecen para un trayecto similar en unos asientos bastante mejores, y con un público considerablemente mejor educado: aqui no ha habido ni manta polar, ni almohada hinchable, ni antifaz, ni tapones para los oidos. Llegamos a Estocolmo a las 7 de la mañana, tan muertos que directamente cogemos el tren para el aeropuerto de Arlanda, a pesar de que nuestro avión no sale hasta las 3 de la tarde. Afortunadamente, nos acompañan los inspectores Kurt Wallander y Salvo Montalbano... Y nos quedan suficientes coronas suecas como para gastarlas aquí y aligerar un poco el tiempo de espera.

Cophenague me ha parecido una ciudad muy parecida a otras ciudades españolas o francesas, es decir, ruidosa, sucia y con demasiado tráfico, a pesar de las bicicletas, tan numerosas como en Amsterdam (y muy peligrosas para los peatones, mucho más que los coches. No se las oye y los ciclistas son realmente agresivos con los peatones despistados que invaden los carriles bici...).

De Suecia, lo mejor ha sido Lund, con mucho. Pero también se parece demasiado a la Europa que ya conocía... Quizás Noruega puso el listón demasiado alto, porque ha sido lo mejor de todo el viaje. Ciudades y campo, gente y servicios. Todo. Un lugar aún virgen y con personalidad propia, bastante poco globalizado. Ojalá siga así durante mucho tiempo...

Han sido tres semanas, ni mucho tiempo ni poco, lo justo. Otros años el mes entero terminaba pesando demasiado, no ha sido así esta vez. Quizás había más ganas de disfrutar estos días, o más necesidad, pero creo que ha sido decisivo sentir que no estaba sobre mí la espada de Damocles de la vuelta al trabajo, con los montones de papeles esperándome en mi mesa, y los problemas ligados a mi ausencia. También la manera de viajar ayuda, el Interrail, los albergues, la sensación (y la obligación, en algunos momentos) de poder cambiar unos planes que nunca fueron tales...

He disfrutado mucho, aunque como dije ayer, me alegro de volver a casa...

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