martes, 29 de julio de 2008

Desde pequeños, cada vez más niños, nos llenan la cabeza de conocimientos. De información. Datos y más datos. Paja que termina aventada por el tiempo, quedándose en nosotros tan sólo unos pocos granos, lo útil, lo importante, esas cuatro cosas que perduran a lo largo de los años y que nos acompañan hasta el final. Sin embargo, no nos enseñan a vivir. Lo que vale para uno, no sirve para los demás. Hay gente que vive muchos años, pero no sabe hacerlo, aunque lleguen a viejecitos. Malviven, sobreviven, tiran de su vida, nada más, y, lo peor de todo, creen que tiene que ser así, lo aceptan y viven amargados, incapaces de plantearse siquiera la posibilidad de un cambio. Otros, unos pocos afortunados, parece que nacieran sabiendo, con un sexto sentido para hacer las cosas como se deberían hacer siempre, una habilidad que les nace de dentro, una fluidez natural que admira o provoca envidia, pero que se tiene o no se tiene.

Luego están los que no saben vivir, pero que viendo a los que sí saben, piensan que ellos también podrían conseguirlo, y deciden intentarlo, al menos. Los que no se resignan, los que luchan. Los que dedican su vida entera a aprender a vivir. Y lo consiguen, o no, pero desde luego, al final de su vida pueden afirmar que no se han aburrido ni pizca.

Yo soy una de ésos.

0 comentarios: