domingo, 13 de julio de 2008

NORUEGA (I)

Han sido casi tres semanas dando tumbos por tierras escandinavas, sobre todo por Noruega. A pesar de llevar puestas ya varias lavadoras y de haber dormido dos noches en mi cama, aún me cuesta creer que estoy aquí, en casa, y no allí, con la mochila a la espalda, o leyendo a Henning Mankell en alguna estación de tren perdida más allá del Círculo Polar Artico, mientras llega el próximo tren...

Es curiosa la sensación de llevar tu casa contigo, como los caracoles. Cargar todo el tiempo con todo lo que te hará falta en las próximas tres semanas te hace valorar lo necesario y distinguirlo de lo superfluo. Y te da una sensación de libertad que, estoy segura, no consiguen esas personas que se ven a menudo por los aeropuertos, empujando carritos rebosantes de maletas mastodónticas a punto de reventar.

Pero el tren tiene un defecto: no llega a todas partes. Y las Islas Lofoten merecían una visita más pausada y a fondo. Nuestro amigo japonés nos acompañó durante dos días. Ahora que lo pienso, ¿por qué será que me persiguen los coches rojos? Que conste que fue pura casualidad...

Han sido días de descubrimiento constante, a cada paso, de cansancio del bueno, del que no te para ni te aniquila, sino todo lo contrario... Dando gracias mentalmente más de una vez, y de dos, a esa madre previsora a la que se le ocurrió apuntarme a inglés en lugar de a ballet, y aún así sentir a menudo una impotencia parecida a la que debe sentir el que no sabe leer ni escribir, tiene que guiarse por el dibujo de la lata de conservas... Tiempo con una consistencia diferente, elástica, en parte por la ruptura absoluta con la rutina habitual, propia de las vacaciones, pero sobre todo por ese exceso de luz solar, en tierras donde ahora el sol no se pone, literalmente, aunque las nubes intenten ocultarlo... Es desconcertante despertarte en medio de la ¿noche?, mirar el reloj, ver que marca las 4 de la madrugada, y comprobar la luz que entra por la ventana es la exactamente misma que la que había a las 7 de la tarde...

Días largos, ni muchos ni pocos, los suficientes para comprobar que el mundo que está ahí fuera., aunque creamos que no y pensemos que todo está excesivamente globalizado, todavía puede ser muy diferente. Y que aunque a veces agobie un poco sentirse extranjero, y te encuentres echando de menos cosas que normalmente no valoras demasiado, incluso viendo el fútbol en un bar y gritando "¡Gol!", está bien saber que todo puede ser aún tan distinto a lo que te rodea. Porque eso, en cierto modo, también hace que te des cuenta de cómo eres tú realmente...

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