martes, 26 de agosto de 2008

Cuanto menos voy a Madrid, menos ganas tengo de hacerlo. Pensar que hubo una época en la que no soportaba la idea de no vivir allí, y cuando me mudé a la periferia necesitaba calmar el mono de la urbe bajando al menos una vez a la semana… Lo que es ahora, ni harta de vino volvería a vivir allí. No soporto el tráfico, ni a la gente, pero lo que peor llevo es el ruido. Un ruido que muchos evitan con el mp3 en las orejas, que no digo yo que no sea una solución, pero que les da un aspecto de idos, ajenos a lo que les rodea, que me deprime de manera demoledora. Es la idea, aislarse, vale, pero no deja de ser tristísimo. En fin, que cuando me veo obligada a ir a Madrid es de mala gana, porque el ruido me aturde y me da dolor de cabeza, la gente me agobia y me hunde a partes iguales, y lo único que quiero es volver a casa, ya, cuanto antes, como esos niños que no dejan de preguntar “¿Cuánto falta?” desde que salen del garaje.

Reconozco que me he vuelto cómoda, y que me estoy asilvestrando con la vida tranquila que me permite este pueblo grande y algo ciudad-dormitorio, pero pueblo a fin de cuentas. Aunque supongo que algo tiene que ver también la edad: llega un momento en el que te importa más la calidad de vida, y descubres que eso de que menos es más es una gran verdad. Y que hace que tu existencia sea bastante más agradable.

Tus prioridades cambian, y cuando quieres recordar, lo que antes era prioritario se convierte en un lastre del que te vas desprendiendo casi sin darte cuenta. Empiezas a dar importancia a otras cosas, de las que no ocupan sitio y no acumulan polvo. Te desprendes de mucho, y ambicionas muy poco. Valoras más lo que tienes. O quizás sólo empiezas a valorarlo en su justa medida. Necesitas tener menos, pero te sientes más plena que nunca...

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