domingo, 31 de agosto de 2008

El verano termina hoy. Aunque aún tenga que hacer calor, y a pesar de que haya gente aún en las playas retozando entre sombrillas, y los niños no tengan colegio. Cuando agosto termina, se acabó. La mayor parte de la gente vuelve al tajo, los comercios que estaban cerrados vuelven a abrir, y la vida vuelve a la normalidad. Se repiten en los telediarios los mismos reportajes de cada año sobre el síndrome post-vacacional. El paréntesis se cierra, hasta el año que viene. Y es ahora, de pronto, cuando vuelve a ponerse en marcha y comienza de nuevo a girar, cuando me doy cuenta de que estoy fuera de la rueda. Con lo que eso supone, tanto de bueno como de malo. En realidad lo estoy desde hace algo más de dos meses, pero julio y agosto no cuentan. Eran vacaciones, más largas de lo normal, pero explicables, o lo que es lo mismo, sin necesidad de justificarme por ellas. Ahora es cuando de verdad soy consciente de que mi situación es diferente.

Quizás sea ahora cuando empieza de verdad el cambio. Cuando me toque tomar conciencia de que no tengo obligaciones, o sí, que mi deber es precisamente ése: buscarme nuevas obligaciones.

A ver qué tal.

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