jueves, 14 de agosto de 2008

Hay un punto de no retorno a partir del cual sólo cabe ir hacia delante. Y no por especial arrojo, o por valentia, ni por curiosidad, ni siquiera por inercia. Cuando rebasas ese mojón del camino, dejas atrás el abismo, el suelo abierto bajo tus pies, y no es posible una vuelta atrás sin exponerte a estrellarte en el intento. Pero al mismo tiempo, un imán potentísimo nos arrastra hacia aquello, y el intento de recuperarlo nos lleva de nuevo hacia detrás. Y no puedes evitar sentir como si tirasen de ti en ambos sentidos, el pasado de un brazo, el futuro del otro, hacia delante y hacia detrás, en una tensión que en algunos momentos puede resultar insoportable. Es entonces, cuando el pasado termina siendo el más resistente, sin dejar de tirar de ti hacia su lado, incapaz de resignarse a que eches tierra encima, cuando las palabras pueden ser la clave de todo. Instrumentos capaces de crear, a partir de los caduco, de los desechos, algo nuevo, e incluso mejor, con una verdad y un brillo que llegan a hacer palidecer a aquello que, si no fue, debería haber sido así y, finalmente, es.

Las palabras se convirten en una especie de pomada mágica. Como los ungüentos de los embalsamadores de la antigüedad. Capaces de traer al presente y llevar hasta a eternidad lo que, de otra manera, se perdería. Guardando para siempre la esencia de lo que nosotros decidamos rescatar del olvido.

Palabras que, mientras haya alguien dispuesto a leer, harán que aquello siga sucediendo. Cada vez. De manera única. Y para siempre.

Sí. Escribo para ser eterna.

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