martes, 5 de agosto de 2008

Madrid es un horno. Es lo normal, lo ha sido siempre, desde aquellas épocas lejanas en las que quedarse en Madrid era lo último, lo peor, la vergüenza más absoluta. Tiempos en los que la gente intentaba evitar la humillación de no irse de veraneo y podía pasarse meses malcomiendo, ahorrando cada céntimo para poder irse aunque sólo fueran unos días, e incluso se empeñaban con prestamistas para poder presumir en septiembre de haber tomado las aguas en La Toja.
Lo cierto es que hacía años que no pasaba un mes de agosto en casa, en plan colegial total, sólo me falta comprarme los cuadernos de vacaciones para completar el cuadro. Este año estoy viviendo un verano de esos de antaño: perezosos, lánguidos, interminables, tórridos… De ésos en los que tu madre y el calor se compinchaban para evitar que te movieras desde la hora de comer hasta las 8 de la tarde, de siestas sudorosas y llenas de lecturas (me he metido de lleno con los “Episodios Nacionales”, y no soy capaz de parar, qué manera de engancharme, por Dios…), de bocadillos de mortadela y polos de hielo a media tarde.

Madrid arde, y se habla de ola de calor como si fuéramos nuevos en esta plaza, como si no supiéramos que el verano es eso: gazpacho y tortilla de patatas, abanicos y ventiladores, cine de verano comiendo pipas, periódicos finitos y sin sustancia y series idiotamente adictivas en la tele después de comer. Como si fuese la primera vez que sentimos derretirse las ideas a 40ºC, como si nunca nos hubiese sangrado la nariz por irnos con la bici sin la gorra.

Como si pudiese ser de otra manera.

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