miércoles, 20 de agosto de 2008

Se me hace raro estar en Madrid en agosto. No en vano los últimos catorce años, he veraneado siempre durante este mes. Pero más extraño todavía me resulta estar en casa todo el día. No trabajar. Me pilla demasiado lejos ya aquel año sabático, el mismo en el que abrí esta ventana. Había olvidado lo que es tener tiempo, mucho, y que te queme en las manos. Poder hacer lo que quiera, y no saber qué quiero hacer. Aunque me había propuesto evitarlo por todos los medios, y había establecido un férreo horario de trabajo literario, esparcimiento y obligaciones de intendencia doméstica. Demasiados años atada, ahora ando como un perro desorientado, arrastrando una correa que ya no me sujeta a nada ni a nadie, pero que está ahí, y pesa. No soy capaz de procesar esta circunstancia tan favorable, la de poder permitirme el lujo de estar ociosa, como algo positivo, ventajoso y fructífero. Tan boba soy que me siento culpable, y ese sentimiento de culpa, el mismo que, en distintos momentos de mi vida ha aparecido para joderlo todo, me agobia y me ensombrece el horizonte, impidiéndome disfrutar de esto que tengo y por lo que tanta gente suspira: tiempo para mí y posibilidades de disfrutarlo como quiera. 

2 comentarios:

Kaken dijo...

No sabes como te entiendo...llevo días enganchada a tu blog,y estoy aprendiendo mucho
Gracias, un beso.

Teresa A. dijo...

Vaya sorpresa. Siempre me choca ver comentarios en viejas entradas... Me alegra de que te guste el blog. Bienvenida. :-)