viernes, 22 de agosto de 2008

Ser consciente de tu propia fragilidad, de lo larga y, al mismo tiempo, lo corta que puede ser la vida, y no temer a la muerte, pero tampoco ignorarla. Saber que está ahí, al acecho, como un perro peligroso con el que convives, que puede darte un lametazo o tirarse a tu yugular, según le dé. Pero tú nunca sabes qué hará esta vez, así que te sigues acercando, le pones agua limpia cada día y le acaricias, aunque sepas que ésa podría ser la última vez que le pases la mano por el lomo. Carpe Diem, nos recomienda desde la antigüedad gente más sabia que nosotros. Vivir intensamente cada minuto, como si cada día fuese el último. Yo lo he intentado alguna vez, me lo he propuesto de verdad, pero me pasa lo que a Homer Simpson en el episodio en el que come pez fugu en un restaurante japonés, y piensa que morirá al día siguiente: no me funciona. No tengo tiempo suficiente para hacer todo lo que querría hacer, y, lo peor de todo, mi lista de “Cosas que…” se llena de puntos absurdos que nada tienen que ver con la trascendencia de un momento tan trágicamente importante. Me aturullo, no sé por dónde empezar, y en lugar de ganarlo, pierdo el tiempo. Así que me rindo, me olvido de las listas, miro de frente al perro y decido sacarle a pasear. Que nos dé el aire a los dos.

Sigo viviendo, me olvido de que soy mortal, y cuando pasan cosas como lo del avión de Barajas, me acuerdo de que no, me angustio un poco durante unos días, pero termino sacudiéndome el miedo y sigo adelante. Porque lo que sí he aprendido es que, sea yo valiente o cobarde, lo mismo me va a dar: lo que tenga que ser, será. Y seguramente no estará en mi mano decidir ni el cómo ni el cuándo. Será un retraso que me haga perder el autobús y coger el metro, o el gusto por el vodka con Red Bull de un chaval con el carnet de conducir nuevecito, o quizás sean unas células reproduciéndose a velocidad de vértigo en una parte de mi cuerpo que ni siquiera sabía que tenía.

Y pensando en ello, llego a la conclusión de que, lo que de verdad me asusta no es el final anunciado, sin trampa ni cartón desde que tenemos capacidad para entender lo que es irse y no volver nunca. Aunque no pueda evitar el miedo a la fuerza de ese agujero negro del que nadie ha vuelto, y que lanza en décimas de segundo tu existencia a la basura, borrando a las personas de nuestras vidas de manera brutal y definitiva. Eso es algo que, aunque siempre parece lejano y cosa que les pasa a los demás, en el fondo, se acepta cuando comprendes que no hay plan B. Lo más terrorífico de la muerte, propia o ajena, es el factor sorpresa. Lo mal que viene siempre. Lo inoportuna que suele ser. Lo que aterra de verdad es ser víctima o simple testigo, en el mejor de los casos, de la brutalidad de la realidad cuando se impone, sin avisar y sin contar con nadie. Verlo y no poder hacer nada por evitarlo. Asistir al terrible espectáculo de cómo, el día menos pensado, se va a paseo esa falsa sensación de seguridad, de control de tu propia vida y de la de los que te rodean.

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