martes, 16 de septiembre de 2008

Caras. Muchas. Nombres. Otros tantos, lógicamente. Imposibilidad de unir unos con otros y recordarlo dos minutos más tarde: nunca fui buena jugando al Memory. Mesas y más mesas. Todas iguales. Supongo que tendré que mirar los papeles que se les amontonan para saber quien las ocupa, cuando ya me dé vergüenza preguntar por enésima vez quién es quién. O terminaré por echarle un vistazo, de reojo, a la tarjeta de identificación que llevamos al cuello, aunque sea un corte quedarte mirando fijamente a la altura del ombligo de un desconocido para saber a quién demonios tengo delante. Departamentos que ya no sé si están en la primera o en la segunda planta, y menos aún en cuál de las alas del edificio. Gente que veo en la máquina de café, y que me suenan, pero mogollón, y claro, el nombre no me sale ni queriendo, aunque ya no sé si porque me los han presentado hace un rato o quizás porque los recuerdo de habérmelos cruzado el día de la entrevista. Y es que lo mismo, ni siquiera sé aún su nombre…

Tengo la cabeza a punto de estallar, pero he salido de trabajar a las cinco y cuarto de la tarde. Un auténtico lujo para alguien acostumbrado a terminar su jornada laboral a las siete de la tarde. Necesitaré varias semanas para procesar tanta información, para ubicar a cada uno y ubicarme yo, aunque el trabajo en sí no parece complicado. También me enfrento una manera de trabajar que desconozco: la de una empresa muy grande, una multinacional. Es la primera vez en mi vida que ficho. Y que estoy en un sitio con tantos empleados como para tener comedor de empresa.

Si la primera impresión es la que cuenta, creo que voy a ser bastante feliz laboralmente hablando en los próximos dieciocho meses…

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