jueves, 11 de septiembre de 2008

Cuatro horas diarias escuchando hablar de contabilidad es algo que mis cada vez más vagas y desentrenadas neuronas no terminan de soportar. Y lo intentan, doy fe. No porque el curso no sea interesante, que lo es, y estoy segura de que aprenderé un montón, y hasta me será útil en algún trabajo. El hecho de que empiece a la misma hora en que este verano me echaba la siesta tampoco ayuda mucho. La primera mitad es la más penosa: no puedo parar de bostezar. Ni siquiera la media hora de recreo, ni el café de la máquina consiguen despertarme del todo.
Aunque no lleve ni una semana, ya puedo afirmar que con este curso me han quedado claras, al menos, dos cosas:

1.- Que no podría volver a estudiar otra carrera.
2.- Que nunca me prepararé unas oposiciones.

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