sábado, 27 de septiembre de 2008

El eco de su presencia te perseguirá cuando cierres la puerta a tu espalda. Pasarán muchas horas hasta que vuelvas a verle, pero su risa mezclada con la tuya mientras intentas inútilmente zafarte de sus cosquillas, retumbará en tus oídos, fresca y cercana, chispeante y contagiosa, cuando conduzcas en silencio. Llevarás en el bolsillo durante todo el día, junto con las monedas que te devolvió la máquina del café, el recuerdo del tacto de sus dedos sobre tu piel húmeda, la huella de sus caricias ansiosas y suaves, colándose bajo la toalla. Te agarrarás con fuerza a su último beso, ése que te dio casi de refilón antes de cerrar la puerta, cuando sientas que le echas desesperadamente de menos. Y no podrás evitar una sonrisa, la más resplandeciente y sincera de todo el día, en el momento en que sientas el rumor de su llave entrando en la cerradura.

 

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