viernes, 12 de septiembre de 2008

No hace ni tres meses que dejé mi anterior trabajo. Ahora sé que me tenía que haber ido mucho antes, pero bueno. Hay cosas que sólo se comprenden en su totalidad a toro pasado. Lo importante es que ya está hecho.

Decidí tomarme dos meses sabáticos: julio y agosto. He escrito poco, he descansado mucho y me he olvidado de buena parte de los sinsabores que me dieron el empujón definitivo a las listas del paro. Afortunadamente, tengo mala memoria, y el calor y los polos de horchata han hecho el resto para conseguir recomponer mi maltrecho espíritu.
Empecé a mover mi curriculum a finales de agosto. He hecho entrevistas para tres trabajos. Y una semana de curso de contabilidad: las doscientas cincuenta y ocho horas se han quedado en veinte. Hoy ya no he ido a clase.

De todas las ofertas a las que he respondido, ocho, una me gustaba especialmente. Buen horario, muy cerca de casa y sueldo decente. No me seleccionaron, pero, aunque yo no lo sabía, me quedé en el banquillo. De manera inesperada, el entrenador ha decidido sacarme a jugar el partido: ha surgido un nuevo puesto, idéntico al que tanto me gustó. Y han pensado en mí. Está claro que más vale llegar a tiempo que rondar un año...

El martes empiezo a trabajar.(*)

(*) Gracias mil a los que cruzásteis los dedos. Y especialmente, a los que no los descruzásteis, ni siquiera cuando yo os lo dije... Una parte del mérito es vuestra. Os debo una.

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