miércoles, 3 de septiembre de 2008

Siempre que hago una entrevista de trabajo, tengo la misma sensación: soy demasiado “yo”. Me explico. No magnifico mis virtudes, jamás me inventaría cosas que no he hecho, nunca presumiría de lo que no soy para engordar y adornar mi curriculum, pero tampoco me importa enseñar a las claras mis defectos o mis carencias. Sé que es un error, lo primero que te enseñan a no hacer cuando emprendes una búsqueda de empleo. Sin embargo, a pesar de que me sé la teoría, a la hora de la verdad no soy capaz de vender una imagen de mí que se vería tirada por tierra a la semana de empezar a trabajar. Así que sencillamente soy sincera, y si me preguntan, respondo. El problema es que no digo lo que quieren oír, o lo que me conviene que oigan, sino lo que es. Si es bueno y me favorece, genial. Si es malo y me deja fuera del proceso de selección, pues mala suerte. No es nada práctico, pero  así es como yo funciono.

Cuando salgo a la calle tras haber sido entrevistada, analizada y desmenuzada en una entrevista de trabajo, me invade una sensación contradictoria. Por un lado, sé que seguramente he metido la pata, recuerdo perfectamente el momento exacto en el que puede que lo haya estropeado todo, noto el movimiento del pie hundiéndose con suavidad, hasta el fondo, pero soy incapaz de evitarlo. Y al mismo tiempo, me siento estupendamente bien. Aunque sé que me he corrido un riesgo que podría haber evitado. Pero me gusta ser honesta conmigo misma, arriesgándome, jugándomelo todo a una carta: yo. Con todo lo bueno, pero también con todo lo malo. Podría ir sobre seguro, y actuar de otra manera, pero sería un mal comienzo. Una entrada con mal pie en lo que se supone que es una nueva etapa, mejor, de mi vida laboral. Y yo soy muy supersticiosa y maniática con esas cosas.

Así que ahora hago lo único que puedo hacer ya.

Cruzar los dedos.

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