martes, 9 de septiembre de 2008

Son casi las tres de la madrugada. Me he desvelado. A eso de la una y media me desperté, expulsada bruscamente de algún sueño, de esos enrevesados y complejos, llenos de historias cruzadas que no recuerdas, pero que consiguen dejarte con la sensación de extenuación del que ha hecho un largo camino para no llegar a ninguna parte. Mi cansancio y la ausencia de sueño aumentan a medida que intento dormirme de nuevo, inútilmente, porque lo único que consigo es marearme aún más, dando vueltas y más vueltas en torno al mismo punto, así que decido levantarme. Miro por la ventana: tres luces más rompen la oscuridad propia de estas horas, en una noche fresca y agradable, de ésas de finales del verano, de sábana echada y ventana entornada. El silencio es total, sólo el runrún de los coches de la carretera cercana rompe la calma, ese sosiego de falsa tregua, de mundo parado, en stand by. Veo las luces, intento adivinar siluetas tras las cortinas, y es como si también me viera a mí misma en camisón, mirando por mi ventana las luces de las otras ventanas. Por un momento me invade esa sensación propia de los sueños de mirarte desde fuera y actuar al mismo tiempo, el dudoso privilegio que los insomnes comparten con los soñadores, y que disfrutan cuando todos duermen y ellos velan.

Me siento acompañada en mi soledad, y me preguntó por qué ellos tampoco duermen. ¿Estarán preocupados, y eso de consultarlo con la almohada no termina de funcionar? ¿Habrá entre ellos algún enfermo al que el dolor le impide descansar? ¿O quizás un bebé llorón que ha hecho tirar la toalla a unos padres primerizos y desesperados, que ven la teletienda entre toma y toma? Pienso en las razones que me mantienen despierta a mí, y podría resumirlas en una palabra: caos. Mi cabeza no consigue poner orden en unos pensamientos desordenados, enmarañados, que me pueden a mí y a mis ganas de descansar, a mis esfuerzos por desconectar la máquina durante unas horas. Me siento incapaz de mantenerme en un modo “off” que sé que, no obstante, necesito. No estoy preocupada, no hay nada negativo que me ronde, pero son demasiadas las cosas que bullen en mi cabeza, pequeños insectos revoloteando en torno a una bombilla iluminada en la oscuridad que se obstina en permanecer funcionando a pesar mío. Sé que debería cortar la luz, pero no puedo, no encuentro el interruptor. Quizás la única manera de conseguirlo sea rendirme por agotamiento, dejar que la bombilla estalle por sí sola, así que hago lo único que se me ocurre, seguramente lo único que sé hacer: escribir sobre ello.

Decido volver a la cama. Antes, salgo de nuevo a la terraza: una de las luces se apaga en este instante. Quizás el niño se ha dormido, y la madre también, y es el padre el que, aún despierto, piensa que es el momento de intentar dormir él también. Acaban de dar las cuatro. Deben faltar tres horas escasas para que le suene el despertador.

Sólo quedamos tres... 

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