miércoles, 24 de septiembre de 2008

Vivir fuera de la gran ciudad, y en algo que tampoco es un pueblo pequeño te obliga a comportarte como esos americanos de las películas que veías cuando eras pequeña. Esos que cogían el coche para todo: para comprar un cartón de leche, para ir al médico o para llevar a los niños a jugar al beisbol. También puedes usar el autobús, claro está, pero si lo haces te darás cuenta de que el concepto “espacio-tiempo” cambia de manera brutal. Y mal que te pese, terminas por olvidar tu lado cívico y solidario con el planeta, y terminas cogiendo el coche. Pero hay veces que las circunstancias te arrastran a la parada del autobús, y es entonces cuando la cruda realidad te abofetea.

Cuando la diferencia entre ir al trabajo en coche o transporte público no es sólo una cuestión de comodidad o sensación de independencia o libertad, sino que, cronómetro en mano, te supone invertir tres veces más de tu tiempo cuando lo que usas es el autobús, te lo piensas. Mucho.

Cuando un cuarto de hora escaso se convierte en cuarenta y cinco minutos de ida y otros tantos de vuelta, de los que la mitad te los pasas tirada en la calle, con suerte sentada y no de pie bajo la marquesina, haga frío, calor o llueva, a la que has llegado después de otros diez, con unos tacones que no te lo ponen nada, pero que nada fácil, lo tienes claro. Y añoras con desesperación a tu coche, que está en el taller, malito. Y juras que le cubrirás de besos cuando te lo devuelvan.

Cuando ves esas campañas en las que las autoridades te animan a usar el transporte público, te da la risa. Aunque si lo piensas, y ese día cae un chaparrón y ya no queda sitio a cubierto en la parada, te cabreas. Porque está claro que los que insisten en que usemos el metro o el tren de cercanías no sufren cada día en sus carnes ese desperdicio de tiempo y energías propios. O lo que es peor, les da igual.

¿Se nota mucho que NECESITO mi coche YA?

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