domingo, 26 de octubre de 2008

Aún no sé cuándo podremos volver a casa. Es más, a veces tengo la sensación de que ya no tengo casa a la que volver. Que esas cuatro paredes en las que la vida parecía sonreírnos, aunque en segundo plano estuviese maquinando una jugada inesperada y terrible, se han esfumado, junto con la sensación errónea de que todo iba bien. Será porque todas mis cosas caben ahora en una maleta y dos mochilas, o porque mi biblioteca se ha reducido a cuatro tomos de los Episodios Nacionales. O quizás porque vivimos un presente en el que no cabe hacer planes de futuro, sino acompasar nuestros movimientos y nuestras expectativas a lo que va sucediendo minuto a minuto.

Pero a pesar de lo que se diga sobre vivir el presente, el carpe diem y todas esas cosas de aprovechar el instante y olvidarse de lo que vendrá, es imposible vivir así. No se puede no mirar hacia delante. Es como andar mirándote los pies: terminarás tropezando, chocándote con un árbol, saliéndote de la acera y metiéndote entre los coches. Por eso, aunque sé que éste es el único lugar donde debemos estar ahora, y quizás durante mucho tiempo más, no puedo evitar desear volver a casa, reencontrar mi vida, la que dejé en el congelador el 1 de Octubre, y seguir avanzando, mirando el horizonte.


Pero soy realista, y sé que mi vida, cuando la descongele, no será ya nunca la misma que dejé en stand-by. Aunque espero reencontrar en algún momento esa sensación tan falsa, pero tan necesaria, de que todo vuelve a ir bien.

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