viernes, 3 de octubre de 2008

Desde hace dos días, desde mi ventana no se ve nada. Supongo que el mundo sigue ahí, pero yo no lo veo.  Porque todo lo que me importa está a este lado del cristal. El resto, ahora mismo, me da exactamente igual. 

Mi universo se ha reducido a las dimensiones de una habitación de hospital y a su inquilino. Es lo que ocurre cuando un día te levantas con una vida en la que todo encaja, y te acuestas con ella hecha añicos. A partir de entonces, las ventanas se vuelven opacas, y tu atención y tus fuerzas se centran en un solo objetivo: que cuando vuelvas a asomarte al mundo, la persona a la que más quieres, lo haga también, abrazada a ti, como siempre, como ha sido durante los últimos quince años.

En ello estamos.

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