martes, 21 de octubre de 2008

Le conocí en el trabajo. Apenas necesitó tres meses para convertirse en el amor de mi vida. A los seis, ya vivíamos juntos. Haciendo caso omiso a lo de no mezclar trabajo y placer… Yo perdí el empleo, pero, como en los finales felices, ganó el amor.

La distancia geográfica entre él y su familia, la ausencia de hijos, nuestro carácter, tan parecido… Todo ha hecho que la nuestra sea una existencia vivida en segunda persona del singular y primera del plural.


Estos días estoy descubriendo que apenas si recuerdo cómo se conjugan los verbos cuando no utilizo el “tú” y el “nosotros”.


Hoy hace catorce años que nos casamos.

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