viernes, 14 de noviembre de 2008

De nuevo en Pamplona. Lo que iba a ser un viaje de ida y vuelta para unas horas de consulta y sesión de quimio se ha convertido en una estancia de dos semanas como mínimo para un tratamiento de radioterapia. Cambios de planes que hay que asumir con rapidez, y que empiezan a pasar factura, aunque no puedo permitirme el lujo de flaquear. Pero verle así, calvito ya, tan delgado, tan frágil, tan indefenso, no ayuda mucho. Estar lejos de casa, sola con él, con nuestra vida encerrada en un coche y tres maletas, llevando el enorme peso, tanto emocional como logístico, de todo esto, tampoco. Pero él depende absolutamente de mí, así que no puedo fallarle, tengo que plantarle cara a mi miedo a los efectos secundarios, a no saber cómo cuidarle si empeora, al desamparo de estar en un lugar extraño, y seguir organizándolo todo lo mejor posible, no llorar ni ponerme triste, no pensar demasiado y limitarme a actuar, a seguir moviéndome, porque no puedo pararme. Si yo me paro, nos caemos los dos de la bici.

“En la salud y la enfermedad”. Es lo que toca. 

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