martes, 11 de noviembre de 2008

Este nuevo ritmo de vida que llevo ahora, tan de puertas adentro, tan casero y doméstico, me ha devuelto las ganas (y la oportunidad) de retomar actividades hogareñas, de ésas que ya no se estilan, en parte porque la actividad habitual no lo permite, en parte porque suenan a antiguo y a cosa de abuelas sonrosaditas y canosas de la casa tarradellas, pero que a mí siempre me han gustado y para las que siempre he conseguido arañar tiempo, aunque fuera sólo algún fin de semana que otro. Hacer la compra varias veces por semana, olvidarme de los congelados, cocinar cosas ricas, sanas y equilibradas. Probar nuevas recetas y perfeccionar las de siempre, aunque nunca llegue a conseguir el sabor y la textura de las croquetas de mi madre. Hacer jabón de leche de almendras con olor a madreselva, y de aceite de oliva sin perfume ninguno, tan sólo con olor a limpio. Probar con el olor a lavanda en el jabón líquido para la lavadora, pero poner aroma de limón en el del lavavajillas. Seguir cosiendo la eterna colcha de patchwork y quizás terminarla este invierno. Tejerme una bufanda de lana, y ponérmela cuando vaya a por el pan y los croissants a esa panadería que descubrí por casualidad el domingo pasado. Asar castañas el domingo por la tarde, mientras miro llover y pienso que lo que tengo quizás no sea perfecto, en realidad es lo más duro que me ha tocado vivir hasta ahora, pero de cualquier manera es lo mejor que puedo tener.

Porque estamos juntos. Porque le tengo conmigo. Malito, pero a mi lado.

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