domingo, 11 de enero de 2009

Alguien a quien conocí (y perdí) hace tiempo, decía que la vida te roba lugares a medida que te ocurren cosas en ellos. Los sitios se impregnan de las vivencias, pero sobre todo de las personas que te han acompañado en ellos, así que cuando cierta gente sale de tu vida, esos espacios compartidos quedan marcados para siempre, inutilizados para que los disfrutes con otros seres, por la carga emocional que llevan y las huellas indelebles no tanto tuyas, sino de los que han vivido algo en ellos contigo. El decía que hay sitios a los que ya no podría volver, nunca, y que cada vez eran más, por lo que le asustaba la posibilidad de que el paso de los años terminara por acotar su espacio vital hasta límites claustrofóbicos si las personas que entraban y salían de su vida seguían marcando el territorio de esa manera.

Me decía eso en un lugar al que sólo he vuelto una vez desde que nos perdimos la pista. Y no pude evitar acordarme de sus palabras (y de él) cuando paseé de nuevo entre sus árboles.

Porque tenía razón. El mundo está lleno de rincones, de ciudades, de países, pero en realidad, no es tan grande como pensamos. O quizás sí. Y los que somos enormes somos las personas. O el rastro que dejamos, flotando en el aire, pegado a los bancos de los parques, sin darnos cuenta…

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