sábado, 3 de enero de 2009

Cada vez que voy al aeropuerto, no puedo evitar pensar que, aunque siempre termine yendo sólo cuando lo necesito, es uno de esos lugares que te pueden solucionar una tarde aburrida. El simple hecho de mirar a la gente que llega, sus caras ansiosas buscando a los que les han ido a esperar. Las sonrisas de los reencuentros. Los besos de verdad, sonoros, labios contra mejillas. Observar a los trabajadores de las compañías aéreas, las miradas ausentes de las azafatas mientras arrastran sus pequeñas maletas, o las caras de hastío de las limpiadoras, soñando con ser ellas las que viajan en el vuelo a Bogotá, en lugar de estar vaciando papeleras. No es difícil jugar a formar parte de esa vorágine: basta con comprarse una revista y sentarse a leerla, mientras miras de vez en cuando el panel de salidas, como si tuvieras mucha prisa por marcharte a alguna ciudad de nombre exótico, de película de James Bond y telón de acero, Helsinki, Varsovia, quizás simplemente Estocolmo…

Y es que si te paras a pensarlo, hay cantidad de sitios a los que uno podría ir por el simple hecho de moverse un poco, de que te dé el aire y cambiar de ambiente, y que no cuestan un duro. El aeropuerto es sólo uno de ellos. Y no es cuestión de roñosería, de no querer gastar para terminar siendo el más rico del cementerio, no. Quizás sólo sea una manera de escurrirse, un intento de escapar a la espiral del consumo que ha terminado por convertir las tiendas en el lugar obligado donde perder el poco tiempo libre que le queda a uno. Un pequeño triunfo que pocos apreciarán, pero que a ti te alegra el día, una patada en la entrepierna de un sistema que sibilinamente te obliga a no salir de casa sin el monedero, por si acaso. Cuando, si te fijas, podrías pasar tres meses sin comprar nada de nada, tirando de despensa y congelador. Y vestirte durante muchas temporadas sin ir haciendo el ridículo.

No creo que la famosa crisis arregle eso, pero quien sabe. Quizás la gente termine por descubrir que se puede hacer muchas cosas saliendo a la calle simplemente con el abono transportes y las llaves de casa en el bolsillo. Y volver a casa sin una bolsa de plástico en las manos, pero habiendo pasado un rato entretenido, incluso habiendo aprendido algo que antes de salir no sabías, y sobre todo con la pequeña gran victoria de, por una vez, no haber caído en la trampa.

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