jueves, 15 de enero de 2009

Es la hora: acabo de recoger la mesa del desayuno. En menos de dos minutos, dos o tres gorriones se acercarán a saltitos a la terraza, sin demasiada timidez: están acostumbrados. Saben que es el momento de encontrar algún mendrugo, o sólo migas, pero hoy descubren sorprendidos que hay más cosas. Y diferentes. Como siempre, no tardan en llegan otros tres. Cuatro más se suman al grupo, ya sin ningún miedo. Los trozos de pan de cereales no consiguen despertar su interés, demasiado duros, demasiado secos, pero el bizcocho les vuelve literalmente locos. Picotean arremolinados, hasta dejarlo reducido a unas cuantas migajas. Siguen llegando más pajarillos, hasta que el suelo queda limpio de bollo, pero con los trozos de pan intactos.
Volverán, seguro, pero sólo cuando no tengan otra cosa que comer.
(…)
Claro que han vuelto. Saben más o menos cuándo terminamos de comer, y dan por seguro que yo saldré y sacudiré el mantel. Expectantes, se abalanzan sobre los cuatro migotes que han sobrado y que he tirado en pleno centro de la terraza, para poder mirarles desde el salón sin que se asusten de nosotros. Son tres, cuatro, o quizás cinco. Terminan rápidamente con las migas tiernas, pero no se van. Han descubierto que el pan integral de la mañana sigue ahí, más duro que una piedra, por cierto. No tarda en correrse la voz, porque la terraza se llena de repente de bolitas esponjosas de color marrón, picoteando sin control sobre el trozo de pan. En un pestañeo, dejan el medio pan reducido a una cáscara de corteza redonda y vacía.
(…)
A veces una se siente como ese mendrugo de pan integral: no sueles ser la primera opción, pero de algún modo eres el valor seguro, al que siempre se termina por volver cuando de verdad hace falta.

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