martes, 20 de enero de 2009

Hace tanto frío que los oidos me duelen, y cuando vuelvo a casa, el cambio de temperatura es tan brusco que se me va la cabeza. Debería haberme puesto el gorro, y no sólo la bufanda, pero la falta de costumbre y ese sentido del ridículo que tenemos la gente de países demasiado cálidos con los sombreros y cosas para cubrir la cabeza me ha hecho dejármelo en casa. En fin, ya no tiene remedio. Vuelvo del banco, de hacer una llave nueva para el buzón y de buscar una nueva carpeta en el chino. "Hacer los recados" se llamaba eso cuando yo era pequeña. Cuando se trabaja, no se hacen los recados. Bueno, sí se hacen, pero no así. Se intentan colar tareas como ésas entre el resto de tus actividades, o se dejan para el sábado, pero no se va andando por el pueblo por la mañana, de una tienda a otra, del banco al ayuntamiento, de la frutería a la biblioteca, a devolver esos dvds que ya caducan. Y no me había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos poder hacer eso. Patearme el pueblo con mis botas, no con las ruedas de mi coche. Reconocer rincones, saber dónde están las tiendas, qué sucursales de bancos hay en las calles peatonales. Saludar a un vejete que el día antes me tomó por banda al verme aparcar en su calle, advirtiéndome de que no dejara el espejo así, porque los del coche de su hijo se los habían llevado por delante más de una vez, y sin dejar ni una nota, para el seguro, los muy sinvergüenzas... El señor se pegó a mi vera, y despacito, con su garrota, me hizo adecuar mi paso, siempre rápido, al suyo, mientras me contaba mil cosas sin dejarme meter baza nada más que para intercalar algún "¡Qué me dice!" ¿En serio? Hay que ver, qué gentuza...". Hoy he vuelto a verle, sentado en la plaza del kiosko de música. Estaba solo, pensando en sus cosas, de las que le he sacado con un sonriente "Buenos días", al que me ha respondido con otra sonrisa.


He intentado sacar tres dvds de la biblioteca nueva, pero ya tenía otros tantos de la vieja, y no he podido. La bibliotecaria me ha mirado con la misma cara que si me hubiese pillado intentando robarle el bollicao a su hijo.

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