lunes, 12 de enero de 2009

No deja de ser sorprendente como lo extraordinario, lo que rompe la rutina aunque sea a patadas, suele terminar por unir a la gente de una manera curiosa, haciendo que personas que en circunstancias normales ni se mirarían, confraternicen. No hablo de las catástrofes, los accidentes o las tragedias; ahí lo que sale es el instinto de supervivencia, y luego, ya se verá si queda ánimo y fuerzas para ver qué tal le va al otro. Sin embargo, las pequeñas brechas en la costumbre, esas cosas que rompen el hilo de la rutina y pueden llegar a fastidiar mucho, pero sin hacer sangre, tienen la virtud de hacernos más cálidos los unos con los otros, más comunicativos, más amables. No hay muchas cosas que logren eso, pero de vez en cuando alguna te sorprende. Pasa en el extranjero, cuando donde menos lo esperas escuchas hablar en tu idioma, y terminas tomándote una caña con alguien que, de ser compañero de trabajo tuyo, esquivarías en la máquina de café. Ocurre cuando se va la luz, y se monta una tertulia con las vecinas de rellano a la luz de tus velas aromáticas de vainilla, mientras descubres con asombro lo bien que te cae la del segundo C, ésa con la que en cinco años apenas has intercambiado tres “buenos días” y cinco “hasta luego”. También es algo típico de cuando nieva. La gente se relaja durante ese rato en el que todo se pone al revés, quizás porque se dan cuenta de que no está en su mano ponerlo del derecho, así que lo mejor es esperar junto a los que, como ellos mismos, se han visto atrapados en un callejón sin salida, pero en el que tampoco se está tan mal, después de todo.

Debería nevar más a menudo.

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