domingo, 8 de febrero de 2009

Echo de menos a esas dependientas que te ayudaban cuando lo necesitabas. Ésas capaces de mantener un difícil, y por ello más admirable equilibrio, entre el agobio propio de quien cobra a razón de lo que vende y la solicitud adecuada a las necesidades de un cliente al que no le vendría mal un poco de ayuda de alguien más experto que él. Esas vendedoras sabias, conocedoras de la mercancía que tenían entre manos. Con el don de saber tu talla con sólo echarte un vistazo, y el buen gusto de encontrarte la blusa adecuada a la falda que te llevabas al probador. Lo bastante hábiles como para cogerte el bajo de unos pantalones, y lo suficientemente ingeniosas como para quitarle los zapatos de tacón al maniquí del escaparate para que tú te los probases y vieses el verdadero efecto del vuelo de ese vestido como realmente lo ibas a lucir en la boda de tu prima. Vendedores que creían firmemente en que el cliente no es que siempre tuviera razón, pero sí que era la razón de todo: de que esa tienda estuviera abierta y de que ellos estuvieran ahí. Algo que parece haberse olvidado.
Las añoro porque cada vez es más raro encontrar a gente así en las tiendas. Ahora las vendedoras no lo son: son cobradoras. Pasan la etiqueta por el lector de códigos de barras, cogen tu dinero o tu tarjeta de crédito, y te dan un ticket. No sonrien, ni siquiera hipócritamente. No les importas. Nada. Te buscan una talla más si se las pides, pero no tienen ni idea de cuál es la que te cabe: cada fabricante tiene un tallaje, llévate tres tallas de cada cosa y ya verás cuál te queda bien. Supongo que su sueldo miserable no incluye ni un mínimo gesto amistoso, ni un consejo de buen gusto, ni una sugerencia que te lleve a salir de la tienda con dos prendas más de las que pensabas cuando entraste y la sensación de haber hecho una buena compra y de tener un sitio al que merecerá la pena volver. Ni siquiera la golosina de la comisión es suficientemente tentadora como para forzar un poco la hipocresia de unos trabajadores que odian su trabajo. A los que se les nota a la legua que querrían estar en cualquier otra parte, haciendo lo que fuera, menos ahí. Comprensible, pero los que vamos a comprar a la tienda no tenemos la culpa.

Entiendo que trabajar de cara al público sea cansado, esté mal pagado y no sea un trabajo precisamente creativo y apasionante. Pero parte de la labor de una persona que atiende un comercio es hacer de ese lugar un sitio al que se quiera volver. Yo cada vez odio más ir de compras. Nunca he sido una "shopping victim", pero me gustaba ver escaparates, deambular por tiendas de ropa, libros, discos... Ya no. Lo odio, cada día más. Y no me cabe duda que la cara de vinagre y la cada vez menor profesionalidad de la gente que me encuentro en las tiendas tenga mucho, pero mucho que ver.

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