martes, 3 de febrero de 2009

El otro día hice limpieza de armarios y descubrí con asombro que había prendas que hacía años que no me ponía. Algunas una o dos temporadas, pero otras que habían sufrido el trauma de una mudanza hace cinco años sin haber salido del cajón desde entonces. Así que hice lo que tenía que hacer: coger una bolsa de basura, llenarla hasta arriba y tirarla al contenedor de la ropa usada. Confieso que me sentí liberada, aliviada del peso que literalmente había quitado a mis armarios y cajones. No sé por qué será, pero cada vez más, me agobia la acumulación de objetos a mi alrededor. Puede ser ropa, pero también libros, discos, vajilla o zapatos. Y tengo que pararme, ver qué es lo realmente necesario y tomar medidas. Me gustan mis cosas, pero lo cierto es que no necesito demasiados objetos conmigo para sentirme bien.

Pensando sobre ello, me he dado cuenta de que ésta es una actitud muy mía, algo que llevo haciendo toda mi vida. Acumular, agobiarme, reaccionar y soltar lastre.

Es lo que he hecho siempre con las personas.

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