viernes, 20 de febrero de 2009

¿Qué es la normalidad? ¿Lo que se repite y se convierte en rutina, en algo cotidiano? No lo creo. Creo que la normalidad es aquello con lo que consigues convivir sin que te haga daño, sin que te descoloque, sin que te pueda, por muy caótico y descontrolado que parezca. Es ese momento en el que logras el pequeño gran triunfo de que las circunstancias, por adversas que sean, no te dobleguen, aunque tampoco las controles y menos aún puedas cambiarlas. Encontrar la normalidad en una vida que se ha visto zarandeada no es volver atrás, a antes de, sino aprender a vivir con lo que hay ahora, conseguir sacarle el jugo, aunque sean cuatro gotas, y bebértelo, disfrutarlo y dar gracias. Es cambiar con los cambios. No es ver la luz al final del túnel. Es asumir que estás en uno, sí, largo y oscuro, pero que tiene sus rejillas de ventilación, por las que pasa algún que otro rayo de sol, y un airecito de lo más rico. Quizás en otro momento yo hubiese necesitado una garantía de que todo estaba en orden otra vez, y de que así iba a seguir: ahora no me hace falta. Porque sé que no la hay, y que esta normalidad que se está instalando en mi vida de ahora es tan relativa y efímera como la que antes me parecía tan inamovible. Un castillo de naipes bonito y bien hecho, pero frágil. Una corriente de aire puede volver a tirarlo al suelo, pero mientras se mantiene es un pequeño milagro de paciencia y habilidad que no me canso de mirar. Digamos que ahora me conformo con el buen rato que me supone pensar en hacer el castillo, hacerlo, mirarlo, intentar mantener las ventanas cerradas, y rezar para que nadie lo dé un manotazo sin querer. Y sé que si las cartas volaran de nuevo por los aires, tendría la paciencia suficiente como para volver a levantarlo otra vez, y otra, y las que hagan falta. 

0 comentarios: