sábado, 14 de febrero de 2009

Salir a la calle con una chaqueta de lana, casi a cuerpo, disfrutando de un sol que se agradece infinito, ya hacía falta, después de meses enteros de agua y nubarrones en la calle, y frío en el alma. Hacerlo de su mano, sin que las muletas se interpongan ya entre nosotros. Pasear sin prisa y sin rumbo por las calles, cada día un rato un poco más largo que el anterior. Ver con asombro y alegría la diferencia brutal entre aquellas primeras salidas de quince minutos dando la vuelta a la manzana y rápidamente a casa, a las de ahora, más de una hora a buen paso. Cambiar con los cambios, adaptándonos a lo que viene, la única forma de conseguir que todo siga siendo igual, o si no, lo más parecido posible a lo que era antes.

¿Quién necesita hoy un regalo teniendo todo eso?

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