viernes, 6 de febrero de 2009

Vuelve a nevar. Estoy sentada frente al ventanal que se abre sobre la terraza, y veo los copos bailotear ante mí. Copos rápidos, azotados por el viento, nada de algodones cayendo mansamente. No tengo que salir. Hoy he hecho la compra para toda la semana próxima, hasta el viernes que viene, así que podría hibernar como los osos hasta entonces. Tengo un bizcocho de melocotón en el horno. Me he propuesto cocinar al menos una nueva receta cada semana. Éste cake es la novedad de la semana que ya se acaba. En realidad, en la receta lo hacían con dulce de membrillo, pero yo no tenía, así que he echado mano de los que sí tenía en la despensa: orejones de melocotón. Si me sale bien, lo apuntaré en mi cuaderno de recetas, donde sólo van los éxitos. Los fracasos no los apunto. Ésos los tiro a la basura, y los olvido. Bueno, lo de olvidarlos, es sólo un decir. Sé que no soy capaz de hacer pan sin mi máquina de pan, ni carne estofada con patatas, ni mermelada de limón. Nunca se olvida un revés. Los fracasos se clavan en el alma, y se quedan ahí, momificados, hasta el fin de los tiempos. Te acostumbras a llevarlos puestos, pero cuando hace frío o nieva, duelen y dicen “Eh, aquí estoy yo”. Pero este bizcocho no será un fracaso. Ya huele demasiado bien. 

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