lunes, 30 de noviembre de 2009

Africa

El primer recuerdo que tengo de Africa se remonta a las sesiones de diapositivas ("filminas", que decían las monjas) en clase de religión. Las misiones. Niños negros, mal vestidos, pero sonrientes, juguetones. Dispensarios austeros, pero impecablemente limpios. Tierra seca. Un chorro de agua donde las mujeres llenaban sus cubos. La aventura exótica, eso sí, legítimamente avalada por Dios. Cuando se apagaba el proyector y se subían de nuevo las persianas, nos tocaba a nosotras. Había que conseguir dinero y comida para poder ayudar a salir adelante a toda esa gente. Un kilo de arroz, una lata de tomate frito, y el sobrecito del Domund con unas monedas. "Mete más, mamá".  Siempre miré con simpatía la posibilidad de ayudar, pero también pensé que hacerse monja era un precio demasiado alto. Sí. Por aquel entonces, las misiones eran las únicas ongs.

De Africa era la familia bantú, la de la baraja de cartas. No sé por qué pero quien conseguía hacer esa familia, terminaba ganando. Era como un talismán molón. Como decir que tu rey era Baltasar. Misterios por resolver de la lógica infantil.

También Africa era la imposibilidad de dejarme algo de comida en el plato sin que mi madre me mirara con cara de reproche y me dijera eso de: "¿Tú te crees que está bonito, con los niños de Africa muriéndose de hambre?" No sé si la tripa me dolía más por obligarme a terminarme las lentejas o por la culpabilidad de no  conseguirlo, cargando sobre mi conciencia una nueva muerte de un inocente todo piel y huesos.

El enorme continente negro y sus niños flacos rodeados de moscas y miradas penetrantes, acusadoras. Y mi madre, de nuevo, cambiando de canal. "Anda, quita eso. No puedo ver esas cosas...".

Después Africa fueron pateras llenas de gente desesperada en busca de un sueño que difícilmente se haría realidad. Miradas tristes. Desilusión. Más de lo mismo, sólo que cambiando de escenario. Comprobando que incluso soñar tiene un precio, tan caro que a veces se paga con la propia vida.

Este fin de semana he visto dos películas con Africa como protagonista, que me han hecho pensar de nuevo en un lugar al que siempre he mirado con la aprensión propia del desconocimiento, incluso con cierto miedo, el suficiente como para quitarme las ganas de viajar allí, y sobre todo con una mala conciencia  estúpida, lo reconozco, por haber tenido la suerte de caer de este lado del estrecho y no de aquel. Y me he acordado, sin poder evitar un escalofrío, de algo que decía mi profesor de Relaciones Internacionales de la facultad, y que se me quedó grabado: cuando Africa (y el resto del Tercer Mundo) despierte, será el momento de que nos echemos a temblar, pero ya será demasiado tarde. Porque ni siquiera ellos, los que están acostumbrados al sufrimiento extremo, podrán soportarlo eternamente. Y ya se sabe que nadie está más dispuesto a todo que los que no tienen nada que perder.

4 comentarios:

molinos dijo...

No dejes de leer ´"Ébano" de Kapuscinsky. Te encantará y te hará conocer África.

Un saludo

Teresa, la de la ventana dijo...

Gracias por la recomendación, Molinos. Acabo de comprobar que lo tienen en mi biblioteca, así que ya te contaré.

Aspective dijo...

También en África he visto las sonrisas más sinceras aún en la máxima ¿pobreza? He oído las risas más melodiosas y las miradas más limpias.
(Además, tienen las estrellas más maravillosas del mundo)
Quizás no todo esté perdido

Teresa, la de la ventana dijo...

Yo quiero creer que no, Aspective...