jueves, 24 de diciembre de 2009

Cadeaux de Noel

Sé que lo que voy a decir sonará a comentario propio de persona mayor, de ésos que escuchábamos los de mi generación a nuestros padres con cara de "Claro, pero los tiempos cambian... afortunadamente". Será que también a mí empiezan a pesarme los años, porque ahora soy yo la que mira atrás con nostalgia mientras asiste asombrada al derroche de regalos que inundan literalmente a los niños (y a los mayores también) en estas fechas.

Quizás sólo fuese cuestión de haber caído en una familia modesta, pero mis regalos de Reyes durante mi infancia eran El Regalo. Uno. Punto y final. De mis padres. Con un poco de suerte, un detallito de mis abuelos maternos. Nada de los paternos. Cero cosas de mis tíos. Y eso que eran cuatro, dos de cada lado. Nunca. Jamás en la vida me compraron ni una caja de pinturas o una pelota de goma. Así que, tenía que elegir con mucho cuidado porque no podía pedir más que una cosa. Dos, alguna vez, en plan extraordinario. Como el año de la Nancy, en el que también vinieron con ella un par de vestidos. O cuando me trajeron el Cine Exin, con dos películas de propina. Pero por lo general, el regalo era un único juguete. El Exin Castillos. La frutería, con sus mandarinas y tomates de plástico, y la balanza, para jugar a las tiendas. El lavavajillas a pilas, que lavaba con agua, como los de verdad, mis cacharritos de jugar a las casitas. Los Juegos Reunidos Geyper. El maletín de la Señorita Pepis. Juguetes deseados intensamente y vividos durante meses, guardados y disfrutados durante años. Recuerdos imborrables que, estoy segura, ninguno de mis sobrinos guarda de los cientos de juguetes, juegos de sociedad y cajas de rotuladores con sabor y olor que han recibido desde que ni siquiera sabían hablar. Una saturación hecha con la mejor de las intenciones por unos padres, abuelos o tíos que les quieren mucho, sí, pero que no les hacen ningún favor ahogándoles con tanto regalo. Porque los niños, abrumados por tanta cosa, no aprecian ninguna. Y jamás recordarán con cariño un objeto en especial, porque no hay objetos especiales cuando se tienen demasiados. No hay ilusión, ni ansias aplazadas, ni esa felicidad del momento en el que tienes en tus manos lo que soñaste durante meses. Todo eso queda muy atrás, y ahora lo que manda es "Lo quiero, lo tengo". Y además, todo. Sin elegir. Sin descartar. Precisamente, ahorrándoles la parte más dura y difícil de aprender de la vida: tener que elegir. Coger un camino y dejar los demás. Saber que cuando escoges algo, rechazas el resto.

Es posible que tanta abundancia haga de ellos niños felices, mucho más de lo que fuimos los de mi quinta. Tampoco es algo que tenga muy claro. Pero de lo que sí estoy segura es de que serán adultos que desconocerán la nostalgia de mirar atrás y descubrir con sorpresa y una sonrisa cómo tiempos objetivamente "peores" en realidad fueron mucho mejores de lo que podíamos imaginar entonces.  Y también creo que, a la larga, sufrirán mucho más que nosotros, los que ya no cumplimos los cuarenta, cuando se den cuenta de que no siempre se puede tener todo lo que se desea...

4 comentarios:

Gonzalo dijo...

Que bien me habria venido a mi dar a leer tu post ayer por la tarde-noche...

Teresa, la de la ventana dijo...

¿Tú crees, Gonzalo? No hubiera servido de mucho... Son otros tiempos, y un niño al que obligaras a aceptar un solo regalo seguramente te denunciaría al Defensor del Menor por crueldad mental. Y no sé yo si no terminarían quitándote la custodia...

Aspective dijo...

Que acertada estás.
Es una discusión que mantengo a menudo cuando llegan estas fechas. La enorme sobreabudancia lleva a no aprecio, al no cuidado, al amontonamiento...
No sé si los hará más felices. Estoy por creer que no, dado que consideran lógico y normal tener todo lo que quieren. Y lo quieren por un periodo corto, muy corto, hasta el siguiente anuncio de la TV.
Pero realmente tampoco sé cómo salir de esto.
¡Feliz Navidad!

Teresa, la de la ventana dijo...

Aspective: no se puede salir de esto. Todo estaría en tu contra si lo intentaras. La tele, los centros comerciales, internet, los otros niños que sí tendrían mil cosas y se descojonarían de los tuyos... En fin, complicado, muy complicado, por no decir imposible.