lunes, 14 de diciembre de 2009

Una mala digestión, algo de nieve y algunas preguntas...


Hoy he ido a Madrid capital en autobús: es la mejor manera de llegar hasta allí desde el pueblo en el que vivo, sobre todo si se quieren esquivar los atascos de las primeras horas del día. Nevaba cuando he salido de casa, a eso de las ocho. Poca cosa, unos copos finitos, como el arroz de las bodas, pero capaces de helarte el moquillo y colorearte las mejillas como a Heidi. Como siempre, un autobús ha pasado delante de mis narices en el momento de doblar la esquina de la calle de la parada, así que ni siquiera me he molestado en correr: me ha tocado esperar los diez minutos de rigor entre autobús y autobús. Gracias a que, previsora que es una y a mi costumbre de asomar la nariz por la ventana antes de vestirme para ver qué día hace, me he puesto el gorro y la bufanda. Por cierto ¿por qué la mayor parte de la gente joven se abriga tan mal en invierno? De un solo vistazo a la cola, he visto dos ombligos al aire, cuatro minicazadoras de pana, unas converse de tela y ningún gorro más que el mío. El autobús llega, hasta arriba ya, así que toca ir de pie. ¿Para qué se insiste tanto en atar a los niños a sus sillitas perfectamente homologadas y seguras cuando luego,  tan sólo unos años más tarde, esos mismos niños corren el riesgo diario de estamparse contra los cristales del autobús por ir de pie como sardinas en lata? ¿Acaso vale menos la vida de un currante de treinta y tantos que la de un mocoso de cuatro años? Creo que no ocurría desde que iba en el autocar del colegio, en la ruta, pero a medida que avanzamos por la carretera de La Coruña, me siento cada vez peor. Tengo calor, estoy mareada y me obligo a pensar en cualquier cosa para espantar las naúseas. ¿Llegaré al intercambiador de Moncloa sin echar la pota? Noto el pelo empapado en la nuca. Tan pronto tengo calor como frío. Daría lo que fuera por sentarme, pero nadie se levanta para salir, y tampoco me atrevo a pedirle a alguien que me deje su sitio. ¿Alguno se dará cuenta de que estoy pálida como una muerta y me echará un cable? Lo dudo mucho.Todos los zombies que comparten autobús conmigo o están durmiendo con la cabeza apoyada en el cristal, o escuchan algo a través de auriculares con cara de abducidos, así que puedo morirme tranquilamente sin que nadie me moleste. Al fin llegamos. El autobús aparca en la dársena y yo salgo tambaleándome, se me va la cabeza, pero tengo que salir lo antes posible del autobús o vomitaré allí, después de lo difícil que ha sido aguantar, sobre todo la última parte del trayecto. A duras penas alcanzo el interior, y me apoyo contra una columna. No puedo seguir andando, no tengo ni idea de dónde están los baños, aunque tampoco podría llegar hasta allí si lo supiera. Los champiñones de la cena no tardan en salir. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero nadie se ha acercado a mí. Supongo que más de uno ha pensado que no soy más que otra borracha pasada de rosca que vuelve de marcha a las ocho y media de la mañana. Pero  también podría ser una embarazada en sus primeros meses... O ser sencillamente lo que soy, alguien a quien le ha sentado mal la cena. Estoy sudando como si acabara de correr la maratón, el flequillo pegado a la frente, pero ya pasó todo: me siento mucho mejor. Como nueva. Saco mi billete y me meto en el Metro. Pienso en lo poco que me sorprende, pero  también que no por eso deja de ser triste. Por algo me gusta cada vez menos bajar a la capital... ¿De verdad soy tan transparente para los cientos de personas que pasan por mi lado? ¿Es posible que ni a uno solo se le conmueva algo en su interior, se acerque a mí y me diga algo? Claro que si. Lo raro hubiese sido lo contrario. No se pueden pedir peras al olmo, yo al menos ya no lo hago: estamos en una gran ciudad, y las cosas son así. Uno se vuelve invisible en el momento de subirse al autobús o al tren que te llevará hasta allí. Un ser anónimo más. Tan insignificante para el resto como uno de esos minúsculos copos de nieve que, de nuevo, me golpearon la cara al salir del Metro.

Tan poquita cosa que, antes de llegar al suelo, ya se han derretido.

3 comentarios:

Aspective dijo...

La ¿insolidaridad? es general. Eso que te ha sucedido, lo he vivido de cerca muchas veces. Exactamente lo mismo.
Pero el problema viene motivado por la desconfianza y por la mala educación.
Si me hubiese acercado esta mañana, me habrías respondido un poco desabridamente "Estoy bien" y si insisto en que tienes mala cara tu contestación habrá sido "Déjame en paz"
Quizas la tuya personal, no. Pero si la general
Cuando te lo dicen dos veces, mandas al mundo a tomar por saco.
Y asi nos va a todos

Gonzalo dijo...

La gente pasaba por tu lado sin decirte nada porque estabas de pie vomitando, si llegas a estar tirada en el suelo se cambian de acera, asi ni tienen que pasar por tu lado ignorandote.

A veces me dan ganas de irme a vivir a un faro en medio del mar...

Teresa, la de la ventana dijo...

Sí, Aspective. Supongo que estamos dominados por el miedo a los demás, a que nos roben, a que nos hagan daño. Y ese temor frena cualquier otro impulso generoso, porque siempre puede más el egoismo autoconservador que la compasión.

Sin embargo, es curioso que ese recelo surja cuando la gente se concentra en núcleos grandes, cuando se "civiliza"... Da que pensar, ¿no crees?

A mí al menos me hizo volver a casa (esta vez cómodamente sentada en un autobús casi vacío) de lo más pensativa, dándole vueltas precisamente a lo que tú dices, Gonzalo. A las ganas que le entran a una a veces de venderlo todo y buscar un faro o una casa perdida en ninguna parte. Lo bastante lejos como para no sentir la llegada de un extraño como una amenaza, sino como una alegría...