miércoles, 6 de enero de 2010

Sin ventanas

Ignoro si el arquitecto que ideó este hospital lo hizo adrede. Supongo que sí. Porque la idea de hacer sentir a los que estamos dentro que esto es un mundo aparte está plenamente conseguida. Ese es justamente el efecto que producen sus cristales-espejos: desde fuera, no se ve nada de lo que ocurre en el interior, y tampoco desde dentro consigues intuir algo de lo que hay en el exterior. Observar tan sólo tu reflejo en ellos hace que la sensación de que tú estás dentro y más allá de esas paredes acristaladas no hay nada sea constante, curiosa e inquietante. Porque no es tanto una impresión como una realidad: una vez dentro, todo lo que queda fuera carece de importancia. O al menos se relativiza enormemente.

Pero todos sabemos que la vida seguirá ahí fuera, sin contar contigo, ni con él. Lo sabes,  y no puedes hacer gran cosa, salvo seguir la tendencia instintiva de intentar controlar lo incontrolable, ese querer evitar a toda costa la sensación  de que todo está patas arriba, comprobando con impotencia cómo la vida se acelera, precipitándose hacia un final no por conocido menos desgarrador. Aunque también puede que ocurra lo contrario, que vuestra existencia, la del enfermo, pero también la tuya, se ralentice, adquiriendo un ritmo extraño, engañoso, una textura con un punto de irrealidad, mezcla de protagonismo absoluto y visión cenital. Y de pronto es como si todo lo que habeis sido hasta que el mundo quedó fuera y vosotros dentro se estuviese deshaciendo ante vuestras narices poco a poco, pero de manera imparable, igual que un terrón de azúcar sumergido en un líquido no demasiado caliente...

6 comentarios:

Gonzalo dijo...

Siempre he tenido la sensación de que los hospitales son submundos, cosa aparte, otra realidad.

Nadie es él mismo en un hospital, ni el enfermo, que por su enfermedad es imposible que se comporte como lo hace habitualmente, ni el familiar, que se ve perdido en un laberinto de pasillos y horarios absurdos, ni el personal médico, imbuido de un poder y una actitud muchas veces despreciativa hacia el prójimo que si aplicaran en el mundo real sería motivo mas que suficiente para darle a mas de uno una bofetada de humildad (o de las otras).

Animo.

Anónimo dijo...

A mi me producen una incómoda sensación de inferioridad.
Ánimo Teresa.

Dejavu

Reyes Uve dijo...

Uff...
entrar en esos sitios ya acaba un poco con el ánimo de cualquier persona, enfermo, o acompañante.
Te deseo que los dos salgáis pronto , en casita se está mejor ; y ánimo y fuerza , te mando un abrazo sincero.
Besos.

Teresa, la de la ventana dijo...

Sí, Gonzalo, es exactamente eso, otra dimensión, en la que todos somos mucho más vulnerables y frágiles.

La inferioridad, Dejavu, es más una cuestión de dejar en la puerta tu vida de siempre y darte cuenta de que, en realidad, sin salud no tienes nada.

Cuando llevas más de un año con el ánimo tocado por la enfermedad, Reyes, entrar en estos sitios sólo es un paso más en un camino incierto y muy, muy complicado.

Jesús Miramón dijo...

No sé qué decirte, Teresa, sólo se me ocurren palabras que has escuchado demasiadas veces: ánimo, valor, paciencia, esperanza, fuerza. Un abrazo.

WW dijo...

:)