domingo, 28 de febrero de 2010

Con estas manitas


Cuando pasan días y más días, y no escribo nada, siempre me pasa lo mismo: me entran ganas de cambiarle la cara al blog. Así que, a falta de contenido, pierdo el tiempo con el continente. Supongo que es algo parecido a lo que le pasa a la gente que sale de compras cuando anda deprimida, o decide cortarse el pelo.

El caso es que no estoy triste, pero tampoco estoy en un momento especialmente comunicativo y dicharrachero. Aparte de que siempre he sido más de escuchar que de hablar, por eso quizás ahora mismo disfruto más leyendo a los otros que contando lo mío. Y teniendo en cuenta de que "lo mío" en este momento es algo bastante limitado y reducido, pues se juntan el hambre con las ganas de comer. Y claro, pasa lo que pasa: que termino escribiendo uno de esos insufribles post de "no-sé-qué-me-pasa-pero-no-tengo-ganas-de-escribir".

Y como odio esos posts y ya he escrito demasiados, éste no va a ser uno de ellos, ¡recórcholis! El caso es que andamos en casa en las últimas semanas muy revolucionados, con ganas de renovación y limpiezas generales. Debe ser porque tampoco tenemos mucho más que hacer (él ya está de baja definitiva, y yo dejé mi trabajo cuando cayó enfermo para cuidarle), o porque cuando pasas mucho tiempo fuera de tu casa en un sitio que no te agrada, cuando vuelves ves esas cuatro paredes de otro modo, y te apetece hacerlas aún más agradables, sobre todo si vas a pasar mucho tiempo dentro... El caso es que entre vaciar el trastero de cosas inútiles, arreglar pequeños desperfectos, o rematar detalles que seguían en suspenso desde la mudanza, no nos aburrimos, al contrario, se nos amontona el trabajo. Sobre todo a mí, que por razones de fuerza mayor estoy descubriendo mis habilidades con la taladradora o las llaves Allen, siempre, claro está bajo la supervisión y el asesoramiento del ingeniero de la casa... Pero para no haberlo hecho en la vida y ser de letras, creo que no se me está dando nada mal. Es más, hace unos meses intenté apuntarme sin éxito (las plazas se acabaron en un pis pas) a un curso en el que precisamente enseñaban estas cosas: chapucillas caseras necesarias de las que se suelen ocupar por designación automática los hombres de la casa. Me quedé con ganas de ir, y mira, ahora lo estoy haciendo a tiempo real y sin pasar por la escuela. Y disfrutando un montón, además.

Supongo que a todos los que desde siempre hemos trabajado con la cabeza, llega un momento en el que descubrimos que nos apetece trabajar con las manos. Y ese momento es un pequeño milagro. Como el señor mayor que trabajó en el campo desde niño y que aprende a leer en el centro de la tercera edad. Ni más ni menos.

0 comentarios: