miércoles, 24 de marzo de 2010

¿Un clavo saca a otro clavo?


Aunque no llego al amor desenfrenado de muchos hombres por sus coches, reconozco que las tres veces que me he tenido que deshacer de mis vehículos viejos se me ha encogido el corazón y he pasado unos días pesarosa y tristona, con un punto de culpabilidad rondándome y ensombreciendo la alegría de tener coche nuevo. Y justo en ese momento estoy ahora: incapaz de disfrutar plenamente el gusto de estrenar coche por la pena que me ha dado vender el viejo. No soy una apasionada del mundo del motor, ni mucho menos, pero me gusta conducir, me siento a gusto dentro del coche, me parece muy agradable esa sensación de intimidad y protección que proporciona, totalmente ilusoria en un artefacto que puede ser un ataúd con ruedas en demasiadas ocasiones, sí, pero que también puede ser lo más parecido a una casa propia, de la que tienes llaves y que te cobija si llueve, en la que se está calentito en invierno y fresco en verano, donde puedes echar un sueñecito o comerte un bocadillo, si se tercia. No llego al extremo de tunearlo, o mantenerlo inmaculadamente limpio por dentro y por fuera, pero sí que respeto sus revisiones y me molesta cuando hay demasiado polvo en el salpicadero.

La primera vez que cambié de coche fue la menos dolorosa: mi hermano se quedaba con el que fuese mi primer coche y también lo sería suyo. Seguí viéndolo de vez en cuando, y sabía que estaba en manos de alguien de fiar. La segunda compartí la pérdida con mi marido: a fin de cuentas fue primero suyo,  luego mío, y después suyo de nuevo, así que el apego era mucho menor. Pero aún así, recuerdo la penita que me dio pensar que aquel Audi tan grande al que tanto me costó coger la medida, iba a terminar en el desguace. Pero, sin lugar a dudas, la separación más traumática de todas ha sido la última. Vender mi escarabajo rojo ha sido un trance duro: fue el coche de mis sueños y conseguí materializarlo, tenerlo en mi garaje, y vivirlo mucho y bien. Verme obligada de deshacerme de él está siendo mucho más que un simple cambio de vehículo: ha sido como pasar una página y enfrentarme a una nueva. Sabiendo que no puedo volverme a mirar atrás. Además, ya se sabe, el folio en blanco puede llegar a acojonar bastante... 

Aunque tampoco puedo negar lo mucho que siempre me ha gustado el olor a cuaderno nuevo.  Y las vistas desde el nuevo volante, merecen la pena...

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Mala mujer...

sue dijo...

Nunca he tenido coche ni me gustan demasiado así que a este punto solo puedo decir...que no tengo este tipo de traumas.
:)

Teresa, la de la ventana dijo...

¿Por qué, Anónimo?

Mujer, Sue, no estoy al borde de la depresión, pero no puedo evitar encariñarme fácilmente no sólo con las personas, sino también con las cosas. Debe ser porque, de estar con una, terminan impregnándose de lo que vives, de lo que eres. Y venderlas es como dejar parte de esa historia tuya, de ti, en el camino. Y, qué quieres, a mí eso me da pena. Es como morir un poco.

audaciosus dijo...

y bueno.... no fue ése el que te hizo ir hasta los confines de gabachilandia pasando frío?? bien empleado le está por romperse ;) a rey muerto rey puesto, bss

audaciosus dijo...

y por cierto ¿qué tal está el asedio?

Miguel Baquero dijo...

¡Cuánto tiempo sin pasarme por aquí! Desde que conducías el antiguo coche, que creo jubilaste. Espero que disfrutes de este nuevo y saldré a la carretera a hacer autostop cuando pases cerca.

Teresa, la de la ventana dijo...

No te has perdido gran cosa, Miguel. Estoy vaga, vaga, como puedes ver. De momento, me está gustando mucho el coche nuevo, así que, ya sabes, sí quieres que te dé una vuelta...