jueves, 29 de abril de 2010

El precio justo

No sé por qué el otro día, el hecho de pagar el importe exacto del autobús (dos euros y cinco céntimos en moneditas de uno), me hizo recordar una de las cosas que peor llevé y más sufrí durante mi infancia. Una de esas idioteces que en ese momento vives con una angustia horrible, y que desde la distancia de los años pasados, ves de tan fácil resolución que no te explicas cómo tu madre fue tan tozuda e inflexible como para no haberte ahorrado un buen puñado de malos ratos. Pero las cosas no son sencillas cuando tienes ocho o nueve años y tu madre es la jefa indiscutible e indiscutida. Y si ella te manda a por el pan con el dinero justo, lo mismo da que le digas que no, que te dé un poco más por si acaso: ella no lo hará. No tengo muy claro de si su actitud implacable era por miedo a que lo perdiera (eso pensaba, porque era lo que me decía entonces, y yo creía a pies juntillas lo que mi madre dijera, claro está...) o por temor a que le sisara algo de lo sobrante (eso pienso ahora con mi mente retorcida de mujer de cuarenta y tantos años...). El caso es que esa simpleza, el hecho de llevar la cantidad exacta para pagar, me mortificaba muchísimo. ¿Y si había subido el precio de una día para otro, y no tenía suficiente? Me moría de vergüenza pensar en que la señora Luisa no me quisiera dar las dos barras de pan por no llevar bastante dinero, o peor aún, que me las diese y luego tuviese que volver a pagar el resto. No hay que olvidar que en esos años, los de jugar en la calle hasta la noche, nos solíamos acompañar unos a otros a hacer los recados. Tus amigos podían ser testigo de algo así... Algo realmente humillante, cuando quien te acompañaba solía llevar dinero de sobra para invitarte a caramelos de cubalibre con las vueltas de sus compras, una liberalidad que yo jamás pude permitirme, claro está... ¿Y si después de que el de la charcutería me cortase los ciento cincuenta gramos de jamón de York, el dinero que yo llevaba no era suficiente? Era posible, pero ni por esas mi madre me daba más. Insistía en que me llegaría, que lo había calculado y estaba bien, que incluso me sobraría. "Sí, pero ¿y sí no?". Nada. No había manera. Así que pasé buena parte de mi niñez en un sin vivir por algo que se hubiese solucionado de manera sencilla, tanto si la razón de la cabezonería de mi madre era una como la otra. Estaba más que demostrado que yo era una niña supercuidadosa, jamás habría perdido las vueltas, y ni en sueños hubiese sisado ni una peseta, era demasiado buena, (o pazguata) para maquinar algo así.

Supongo que esto no es más que una de esas tragedias en miniatura que cuando eres niño te montas en tu cabeza mientras los mayores creen que no te enteras de nada, que te quejas por llamar la atención, o por dar la murga, y que realmente te hacen vivir momentos amargos, pequeños dramas acordes a tu pequeño tamaño, pero desasosegantes y capaces de marcarte y sobrevivir al paso de los años. Porque incluso ahora, cuando puedo tirar de tarjeta de crédito o pagar una minucia con un billete de cincuenta, se me viene a la cabeza el recuerdo de aquello, y pienso en lo mal que lo pasé, y cómo, seguramente, mi madre ni se daba cuenta. Porque si hubiese intuido una mínima parte de lo mal que yo lo pasaba, se hubiese sorprendido y seguramente hubiese actuado de otra manera.

Creo que la próxima vez que hable con ella, le preguntaré sus verdaderas razones... 

5 comentarios:

Aspective dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Aspective dijo...

Se coló un comentario que no sé de dónde salió.
Quería decir que realmente de pequeños tenemos complejos o traumas, despreciados por los adultos, pero que nos lo hacen pasar mal.
A mi me acojonaba hasta el extremo tener que preguntar la hora a alguien por la calle. Sufria y un sudor frio me invadía.
Puedo entender tus angustias de niña

Teresa, la de la ventana dijo...

Sí, Aspective (por cierto, re-bienvenido), yo también lo pasaba fatal si tenía que hablar con desconocidos. Tenía muy interiorizado eso de no hablar con gente extraña, todo el mundo me parecía potencialmente malo y peligroso.

Por suerte, de ese miedo me fui librando, poco a poco, a medida que crecí.

el chico de la consuelo dijo...

Te debia algún comentario desde hace tiempo, para decir que miro agazapado tras los visillos de tu ventana lo que vas escribiendo. Y leo artículos como este que me ha encantado recordando también mis miedos infantiles.
No sé porqué pero siempre caigo aquí a última hora, y no me quedan dedos para escribir, hoy al menos pongo cuatro lineas y a modo de oración de cama me leo algún post más hasta que saque tiempo para darle un repaso a todo lo bueno que hay colgado de este alfeizar.
muaks

Teresa, la de la ventana dijo...

Pero chiquillo, ¿tú cuándo duermes? Menuda sorpresa... Bienvenido, espero verte por aquí a menudo.