domingo, 19 de junio de 2005

La primera vez que me corté el pelo corto, fue después de la selectividad. No por ninguna razón de tipo metafísico o supersticioso, o quizás sí, porque recuerdo mi necesidad imperiosa de marcar un antes y un después de tanta tensión, de ese hito tan importante en mi vida, del que iba a depender el resto de lo que me pasara. Además, a mi madre le parecía una barbaridad eso de pasar del pelo hasta cerca de la cintura a parecer un chicazo, lo cual, no digo yo que no, también contribuyó a terminar de empujarme a la peluquería… Sin embargo, mi ataque de radicalidad y autonomía estética no sirvió de mucho, porque nada cambió significativamente, aunque sí que marcó un antes y un después, porque desde entonces siempre he llevado el pelo corto. Salvo una temporada en la que de nuevo volví a la melena, y tuve la osadía de hacerme unos rizos nada favorecedores, (ahora lo sé cuando veo aquellas fotos…), y que me costaron muchísimo trabajo hacer desaparecer. En todos estos años he tenido varios momentos de ataques de nostalgia por mi melena, arrebatos que la cruda realidad se ha encargado siempre de parar en seco: tengo el pelo demasiado liso y esa fase intermedia en la que no se tiene el pelo ni corto ni largo es demasiado dura de pasar, así que, a los pocos meses de haber decidido que quería hacerme de nuevo una buena coleta, me he rendido y he terminado de nuevo en la peluquería. Y hala, de nuevo cual Demi Moore en “Ghost”, como alguien me dijo una vez…

Sin embargo, esta vez mi arrebato a favor de la vuelta al pelo largo ha venido dado por mi último corte de pelo: no me gusta nada, porque ha quedado demasiado corto. No voy a decir que parezca la Teniente O’Neill, porque sería exagerar, pero no estoy nada contenta. Y de nuevo me ha entrado la morriña de mis greñas largas, lisas y rebeldes.

A ver cuánto dura. Se admiten apuestas.

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