sábado, 29 de mayo de 2010

Brand new day


A las ocho menos cuarto, suena la alarma del móvil. Me gusta levantarme pronto, aunque tampoco excesivamente temprano (siempre me ha deprimido lo de salir de casa cuando todavía es de noche), pero sí lo bastante como para tener la sensación de disponer un día aún muy largo por delante. Incluso ahora, cuando nadie me obliga a poner el despertador y podría gandulear hasta muy tarde, me gusta creer que tengo todo el tiempo del mundo para hacer miles de cosas interesantes. Porque, a mi pesar, soy pajarillo madrugador que da lo mejor de sí a primera hora, y no ave nocturna: pierdo gas y languidezco por momentos cuanto más se acerca la media noche, cual Cenicienta somnolienta. Soy tan rara que disfruto cuando dejo la cama temprano, me visto y salgo a la calle. Camino a ninguna parte. Sin rumbo fijo, recorriendo las calles de un pueblo que, a esas horas, empieza a vivir. Incluso un sábado como hoy, la rutina se abre paso poco a poco. En la calle Real, los vendedores del mercadillo medieval, vestidos de juglares y damiselas escotadas, preparan sus puestos de fritangas y artesanía. A estas horas, los sábados y domingos apenas hay gente por la calle. Algún perro paseando a su amo, los barrenderos recogiendo los restos del botellón del viernes, un grupo de ciclistas que salen a hacer unos kilómetros antes de que el calor apriete...

Entre semana es diferente. A las ocho, el mundo ha empezado a girar hace rato. Los perros ya han hecho su primer paseo, y sus dueños están en sus coches camino del trabajo. Sus hijos esperan en las paradas a los autocares que les llevarán al colegio. Cuando les veo en las paradas, con cara de sueño y aburrimiento, no puedo evitar recordar que yo también fui niña de ruta. Hay cosas que no cambian, y no sé si eso me tranquiliza o me preocupa. Me gusta observar el ritual repetitivo y diario de los kioskos de prensa abriendo sus puertas, y a sus dueños colocando la prensa del día, noticias frescas con fecha de caducidad, papel mojado dentro de unas horas. El olor a café y a churros que se cuela por las puertas abiertas de los bares me da una extraña sensación de tranquilidad, de que todo está como debe estar. Madrugar te permite observar cómo una maquinaria perfectamente engrasada, día tras día, se pone en marcha, igual que un organismo vivo en el que cada órgano cumple su función sin que nadie le diga lo que tiene que hacer. Y yo, madrugadora voluntaria y ociosa, no puedo evitar preguntarme qué pinto en él, qué pieza de este engranaje soy yo.

Me llevo la pregunta sin respuesta de vuelta a casa. Sin embargo, al pasar por el kiosko, me doy cuenta de que para el chico al que su padre ha puesto a vender prensa y gusanitos porque no quiere estudiar más, soy alguien. Soy la señora (me llama de usted, supongo que porque podría ser su madre...) que compra el periódico cuando viene de correr. La que casi nunca se lleva el mismo, y de vez en cuando también coge alguna revista de cocina, o de libros. La que siempre viene sola, salvo las veces que lo hace de la mano de un tipo muy delgadito y sin pelo. Y de repente, descubro que incluso para mí hay sitio en el mecanismo que cada día se pone en marcha. Yo también estoy ahí, a mí también me observan, aunque a veces tenga la sensación de ser invisible. Formo parte de ese cuerpo vivo, aunque no sea más que una glándula pequeñita y oculta, discreta y silenciosa. Sí. yo también soy necesaria.

Abro la puerta, y compruebo que aún sigue durmiendo. La casa huele a pan recién hecho (la máquina de pan, qué gran invento...), mientras el sol se cuela por las ventanas. Después de una ducha, preparo el desayuno y, todavía con el pelo mojado, le despierto con el periódico del día, una tormenta de besos y una sonrisa. 

19 comentarios:

Jesús Miramón dijo...

Qué maravilla, cuánta ternura en el texto (y no solamente al final). Desde luego que eres necesaria.

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Por cierto, algún día tienes que hablarme de la máquina de pan, hace tiempo que me pica la curiosidad.

Anónimo dijo...

Todos tus escritos destilan melancolía. El de hoy, además, rezuma ternura. ¡Qué suerte tiene la otra persona de ser querida de esa manera!

Siento envidia.

Reyes dijo...

Muy bien por ti por saber aprovechar así las mañanas .


Muchos besos.

Teresa, la de la ventana dijo...

Gracias, Jesús. Hay días en que no lo tengo tan claro, pero hoy sí. Y me siento bien.

En cuanto a la panificadora, prometo poner post y foto de alguno de esos panes cuando menos te lo esperes. Así que, atento.

Anónimo, ¿tú crees que soy una melancólica? Pues no me había parado a pensarlo, fijate. Respecto a mi manera de querer, es que no sé hacerlo de otro modo...

Sí, Reyes, lo intento, porque no me gusta la sensación de desperdiciar el tiempo, y es tan fácil cuando no sales a trabajar... Bueno, qué te voy a contar a ti, ¿no?

Mayte dijo...

Una vez más, un post precioso. Por un momento me ha parecido que podía ver todo lo que describías desde una esquinita. Un beso.

Anónimo dijo...

Teresa: No he dicho que seas melancólica, sí que tus escritos, casi todos, (y me he pegado un atracón de lectura desde 2003, ya que he descubierto tu blog hace poco), tienen un punto de melancolía.

Perdona, el libro de relatos "Lazos" ¿es tuyo?

Teresa, la de la ventana dijo...

Bueno, Anónimo, yo y mis escritos, sobre todo en el caso del blog, venimos a ser lo mismo... Es inevitable impregnar de ti lo que cuentas cuando se trata de una bitácora personal, como lo es ésta.

En cuanto a "Lazos", sí, claro, es mío.

¿En serio te estás leyendo TODO? Acabo de ver que hay más de setecientos posts...

Anónimo dijo...

Sí, Teresa, me estoy leyendo todo. Me quedaban 2008 y 2009.

Si no me hubiese precipitado a escribir ayer me habría enterado el 20/07/2008 que el libro de relatos "Lazos" lo has escrito tú. Que el 30/10/2008 escribías sobre un "percance" gordo en tu vida personal que espero haya mejorado.

Por si no lo recuerdas, el 10/05/2008 escribías: "Quizás la verdad no está en lo que somos, sino lo que los demás son capaces de ver en nosotros. Por eso es tan horrible sentirse solo: porque cuando nadie te mira, no eres nada, no eres nadie, y terminas por desaparecer".

Estoy tan de acuerdo con la frase... Mañana a por los relatos, y espero leer pronto una novela tuya.

Gracias por escribir.

Teresa, la de la ventana dijo...

¿Sabes qué, Anónimo? Sigo pensándolo. Necesitamos la mirada de los demás, a mí al menos me hace falta, eso que soy una solitaria, o quizás porque lo soy, precisamente. Debe ser por eso que todavía sigo escribiendo aquí, después de tanto tiempo... Así que, muchas gracias por la parte que te toca, por tu interés, por colaborar a que siga siendo alguien.

Aquel "percance" del que hablas cambió mi vida por completo, y aunque todo sigue patas arriba, la capacidad de adaptación es una de mis cualidades. Ya sabes, soy un junco flexible que se dobla según sople el viento...

En cuanto a "Lazos", te recomiendo que antes de pedirlo a Bubok, eches un vistazo a los cuatro relatos que tengo publicados en el blog de El Círculo Solana (http://nietos-de-solana.blogspot.com), para que te hagas una idea de lo que te vas a encontrar. Uno de ellos, "Almendras", aparece también en "Lazos", si no recuerdo mal.

Lo dicho, gracias por asomarte a mi ventana.

Di Vagando dijo...

Teresa, dicen q la zona olfativa del cerebro pertence a su parte más primitiva (aquella que compartimos con lagartos y tal). Por eso tal vez su inmenso poder evocador y su nexo ultrarápido con las emociones.

Cuando has descrito el olor del pan (uno de mis favoritos)... buuuuuummm.... me has llevado allí, a un lugar donde me gusta mucho estar. Entiendo tu alegría al volver allí y a las tormentas de besos!

Hugs

di

Teresa, la de la ventana dijo...

Cierto, Di. Los olores son capaces de transportarte muy lejos en el espacio y en el tiempo en tan sólo un segundo. Me alegro de que mi referencia al pan te haya hecho llegar a uno de esos sitios especiales.

el chico de la consuelo dijo...

He de reconocer que me pasó como a Di, que me he quedado un poco sin palabras.
Había ido saltando al azar entre tus post y me he ido enganchando poco a poco sin orden,, además alternaba entre este blog y el de los solana y sólo penasaba que me gustaba lo que leía, pero sinceramente no he buscado argumento.En estos dos últimos lo he encontrado.
Llevo un par de dias con la neurona en fijo queriendo escribirte alguna cosa y no me sale, quizá porque me pilla muy cerca en el origen de mis dias, o quizá porque me pregunto como pude ser que hayas llegado como comentarista al cuarto de los juguetes que es mi blog.
Creo que tengo mucha suerte... también en esto del bloguerio tengo mucha suerte de haber caido en este patio de vecinos... mi angel de la guarda debe estar hasta los guebos de mi.

Teresa, la de la ventana dijo...

Bah... exagerado (ahora soy yo la que no sabe que decir...).

Pero que sepas que yo caí primero en tu cuarto de los juguetes. Te puse bien fácil llegar hasta aquí, Chico... Sólo tenías que seguir el camino de miguitas de pan, o sea, pinchar en mi nombre y "¡zas!".

Anyway, que diría Di, gracias por pasarte, majo.

Diva Gando dijo...

Hola,

Me ha gustado tu entrada y la cuestión que te planteas pienso que todos nos la hemos hecho en algún momento. Me encanta como la resuelves.

Please: marca de la panificadora y receta del pan. Yo tengo una del lidl y sólo sé hacer ladrillos, ja, ja...

Arancha C. dijo...

Antes de leerte, hoy he escrito en mi blog sobre mis mañanas.¡Qué coincidencia!

A mí, la rutina me resulta una suerte de angustia vital que inevitablemente me atrapa sin que yo me decida a ponerle remedio. Precisamente, en el mejor de los casos, las mañanas me proporcionan esa sensación levemente meláncolica que describes en tu post. En el peor y más frecuente, me hacen pensar en los días que me quedan por delante atrapada en mi tela de araña.

De cualquiere manera, leyendo tu post, creo que debería empezar a fijarme más en los pequeños detalles que hacen que los días sean diferentes.

Gracias por tu post, Teresa.

Teresa, la de la ventana dijo...

Riviera & Bar, Diva. Y recetas... bueno, tengo unas cuantas que funcionan. Como le dije a Jesús, tengo previsto poner algún post con receta y foto próximamente.

Arancha, eso de que te pesen las mañanas debe ser porque tú eres de biorritmos nocturnos...

Arancha C. dijo...

No lo había pensado así, pero quizás tengas razón sobre mis biorritmos. Sea o no pájaro nocturno, si sé que las mañanas me pesan porque las asimilo a la rutina y la rutina me mata. Es el momento del día más rutinario en el que no puedo evitar pensar que me quedan por lo menos 23 años (si el Gobierno no amplia a los 70 la edad de jubilación) para repetir el mismo ritual que me permite llegar a final de mes a un precio muy alto. Me siento prostituta a esas horas, pero al menos debo dar gracias de tener trabajo en estos tiempos de crisis.

molinos dijo...

...mmm..por fin tengo un rato para leerte con calma. ¿ Sabes que no puedo comentarte desde el movil?..en fin..me ha encantado la entrada. Me gustan casi todas, eres todo calma y melancolía y al leerte siempre me das algo así como paz.

Teresa, la de la ventana dijo...

Pues no sabes cómo me alegra ser tan balsámica para ti, Moli. Muchas gracias.