miércoles, 12 de mayo de 2010

De robles y juncos

Lo hice. Se lo pregunté. Y me miró como si le estuviese hablando de la fisión del núcleo: no recordaba nada. “¿Que yo hacía eso?” Claro, mamá, lo hacías, lo hiciste durante años, desde que nos mudamos y descubriste que había un puñado de tiendas a un tiro de piedra de nuestro portal: una bodega, una frutería, un local para sellar quinielas que además vendía chucherías, una lechería, una charcutería y una panadería. Cuando llegamos a nuestra nueva casa yo ya tenía seis años, y aquel era un barrio sin coches en una época en la que los niños aún iban solos por la calle. Hacer los recados era una tarea habitual que las madres delegaban en sus hijos. Lo cierto es que cuando no interrumpía un balón prisionero o una buena sesión de goma, era incluso emocionante acercarse hasta la tienda del señor Pío a comprar dos limones y un kilo de arroz Sos, y escuchar las conversaciones de las señoras, y dar la vez diciendo como ellas “¡Servidora!”. Peor era tener que ir a comprar las bebidas en un tiempo en el que las latas de refresco eran cosa de las películas americanas. Y cómo pesaban los malditos botellines de cerveza Mahou, ya me costaba trabajo cargar con los cascos vacíos, así que la vuelta a casa desde la bodega de Marino se convertía en un pequeño suplicio que me obligaba a parar varias veces en el camino, sudorosa y agotada . “¿Y por qué no me lo dijiste? Que lo pasabas tan mal, que era una angustia para ti...” La cara de mi madre era un poema, hacía tiempo que no la veía tan desconcertada, tan perdida. No pude evitar reírme, pero lo cierto es que me dio un poco de pena al compararla con la mujer joven y resuelta que se imponía con pulso de hierro, como sólo las madres se imponen, porque sí y sin posibilidad de discusión.  Me quejé siempre, cada día, sin éxito alguno, hasta que descubrí que tenía todas las de perder y abandoné. Supongo que fue la primera vez que dócilmente, adaptándome a las circunstancias aunque no me gustaran,  fui junco.

14 comentarios:

Aspective dijo...

Es frecuente que al comentar con tus padres temas de tu infancia, tal y como tú los recuerdas, claro, se sientan sorprendidos y hasta escandalizados. ¿que dije eso? ¿Que hice eso?...
Lo malo es que ahora me empieza a pasar a mi con mis hijos....
:)

Anónimo dijo...

No siempre es bueno ser junco, los robles tambien son necesarios, lo dificil es saber cuando se debe ser cada cosa.

Vicent

Teresa, la de la ventana dijo...

Bueno, supongo que eso viene con el lote de "Ser padre/madre", Aspective...

Pues sí, Vicent. Esa es parte de la gracia de la flexibilidad del junco: que también puede ponerse firme e inamovible como un roble si se tercia...

Portorosa dijo...

A menudo me veo injusto, muy injusto. A veces con mis hijos, pero muchas más con mis padres.
Un abrazo.

Teresa, la de la ventana dijo...

Porque tú también lo eres ahora, Porto. Y tienes el mismo manual de instrucciones que ellos, es decir, ninguno.

Bernardinas dijo...

Tu madre te convirtió en junco porque temió que te estuviera rondando un sátiro pedagogo, como a la dulce Siringa.
Por cierto, ¿qué tal el libro de Alcott?

Teresa, la de la ventana dijo...

Jajajja... pues no te digo yo que no, Antonio, porque recuerdo lo mucho que insistía en que, de camino a la panadería, nunca, jamás de los jamases, hablara con desconocidos.

En cuanto a Alcott, no lo sé, porque aún no he empezado. La introducción (es una edición de Cátedra, ya sabes que son auténticas tesis doctorales...) es tan interesante que, en contra de lo que hago siempre, me la estoy leyendo. Pero pinta muy bien, ya te contaré.

Arancha C. dijo...

Es como si me viera mí misma de niña...

Recuerdo una vez que me mandaron por helados para los tíos y los abuelos. Estabamos toda la familia en la casa de la playa de mi abuela. La heladería estaba justo al lado del portal. No era una aventura. Yo tendría 7 años y me vaía muy capaz: sólo tenía que subir 6 helados de cucurucho de los grandes (o al menos a mí así me lo aprecían entonces). Tres en cada mano. No había ascensor. 4 plantas. Cuando iba por la 3ª y estaba a punto de culminar la azaña, me tropecé con un peldaño y salieron los helados, que ya estaban medio derretidos, volando por los aires. Los mayores se apiadaron de mí mientras yo me deshacía en lágrimas...¿Por qué me acuerdo tanto de eso?

Teresa, la de la ventana dijo...

Pues, no sé, Arancha, quizás porque fue tu primera pequeña tragedia, una de esas "cosas de críos" que los mayores ven sin darle la menor importancia. Pero que para uno es tan grave como para que aún te acuerdes. Debía ser la primera vez que te sentías responsable, con un objetivo que cumplir, y fracasaste. Y el sabor del fracaso es amargo, un niño también lo reconoce y lo sufre, y las primeras veces nunca se olvidan. Debiste tener la sensación de haber defraudado las espectativas de tus tíos y abuelos, y eso duele. Supongo que tus lágrimas no eran sino la muestra de esa impotencia ante la fatalidad que se impone a nuestros deseos.

Arancha C. dijo...

La hazaña, para tener la dimensión de proeza necesaria, era con hache, por supuesto...

¡Disculpas mil esa y otras erratas que releo! :-(

Arancha C. dijo...

La hazaña, para tener la dimensión de proeza necesaria, era con hache, por supuesto... :-(

¡Disculpas mil por esa y otras erratas que releo!

(No sé qué me pasa hoy)

Miguel Baquero dijo...

Hola, sólo venía a decir que me alegra mucho que sigas asomada a la ventana

Teresa, la de la ventana dijo...

Bueno, Miguel, lo cierto es que nunca me he ido del todo...

Reyes dijo...

Y cuántas cosas estaré yo ahora haciendo y el día de mañana vendrá mi hija a decirme lo mal que lo pasaba ??


....

Por supuesto , no me acordaré .

Besos.