viernes, 7 de mayo de 2010

Hacerse mayor

No creo que uno madure cuando cumple una determinada edad; eso va con el carácter, con cómo te trata la vida y con mil factores más, incontrolables y propios de cada uno. Ni siquiera cuando pasas de ser hijo a padre; hay progenitores por ahí sueltos con menos seso que sus vástagos (siempre me he preguntado por qué tantos remilgos con los que adoptan un hijo y tanta manga ancha para los que se reproducen espontáneamente...). Ser víctima de algún acontecimiento de esos que marcan un antes y un después, no siempre trae consigo un empujón hacia la adultez, aunque sí traer consigo un abono indefinido a la consulta de algún psicólogo o terapeuta. La recomendación amablemente hiriente de la vendedora ofreciéndote una crema antiarrugas cuando tú buscabas una hidratante puede cabrearte tanto como que un niño se dirija a ti llamándote de usted, y ambas cosas pueden hundirte en la miseria, sí, pero tampoco son garantía de nada: ¿no dicen que la edad está en la mente, y no en el cuerpo?

Pero sea como sea un día, uno cualquiera, eres consciente de pertenecer al mundo adulto, esa tierra de nadie en la que no caben niños, ni adolescentes, ni jóvenes, ni gente de la tercera edad. La edad de los no-descuentos, la de la gente que (se supone...) pincha y corta, la que tiene gente a su cargo, de la que se espera todo. Ese momento por el que tus padres te criaron con mimo, te hicieron estudiar y, con todo el dolor de su corazón, te dejaron volar, dejando, eso sí, siempre abierta la puerta de la jaula, por si acaso. En mi caso, ese momento no coincidió con mi independencia, ni con mi primer trabajo remunerado, ni con mi boda, ni con la firma de la primera escritura de propiedad, ni con la maternidad. Mi vida se ha ido deslizando con suavidad, cambiando, sí, pero de manera lenta y gradual, poquito a poco. 

Tampoco he visto venir la sensación de hacerme mayor. No vieja, sino mayor. Madura. No me traumatizó cumplir cuarenta años, pero soy consciente de que estoy atravesando el ecuador que me sitúa ya más cerca del final que del principio. Con un físico que acompaña a una mente joven, pero consciente del terreno que he ido abandonando y al que ya no podría (ni quiero) volver. Sin embargo, hay algo que, cada vez que ocurre, me sacude y, por si lo había olvidado, me recuerda que ya no soy una jovencita: la muerte de algún conocido.

Pero ojo, no hablo de familiares, ni de amigos, ni siquiera vecinos de portal. Me refiero gente a la que todo el mundo conoce, personas que han alcanzado una cierta notoriedad, sea una celebridad merecida y currada, o una fama efímera y vacía y que durante un tiempo, se cuelan por las rendijas de tu día a día como esas canciones que ni siquiera te gustan pero un día se te meten en la cabeza y no puedes dejar de tararearlas. Ni tampoco hablo los fallecimientos de personas más o menos famosas que, por edad, es normal que vayan muriéndose: esas muertes son ley de vida, e incluso muchos me han sorprendido muriéndose cuando yo les daba ya por muertos y enterrados hacía años (el mismísimo Miguel Delibes, Dios y la Real Academia de la Lengua me perdonen...). Las que a mí me tocan especialmente son las muertes de celebridades que abandonan este mundo con menos años que mis padres, o con unos pocos años más que yo misma, o a veces incluso menos. Cuando uno de esos iconos generacionales aparece en la página de obituarios del periódico, puedo sentir más o menos pena, pero siempre, aunque el muerto sea alguien a quien no podía soportar o a quien odiase cordialmente, incluso en esos casos, no puedo evitar sentir una sombra en torno a mí, un pellizco desagradable en el estómago, una opresión  más o menos honda y duradera, pero siempre desasosegante y muy triste.

Porque tengo la impresión de que una parte de mí se esfuma con el difunto. Unos años de mi vida que sí, ya eran irrecuperables, pero hasta entonces estaban ahí, y que ahora desaparecen con el que se va. 

Para siempre.


10 comentarios:

Reyes Uve dijo...

Hola Teresa.
Me pasó eso con la muerte de Michael Jackson .
Tanto me dolió que prefiero pensar que está escondido en Dubai criando halcones y jugando con maquetas para vivir sus últimos años en paz.
Sus canciones eran parte de mi vida y llenaron muchas horas en mi cuarto.
Tienes toda la razón .
Es desasosegante .
Besos.

Teresa, la de la ventana dijo...

Sí, Reyes. Yo recuerdo con especial pena cuando murió de Patrick Swayze. Y eso que nunca babeé por él, ni lo tuve pegado a mi carpeta, pero fue parte de mi adolescencia y juventud. Supongo que también influyó en que me afectara más lo joven que murió, cómo alguien tan lleno de vida se fue apagando a ojos vista por culpa de la enfermedad que se lo llevó por delante, algo que, desgraciadamente, me toca muy de cerca.

Mayte dijo...

Coincido con Reyes. Aún no me creo que Michael Jackson haya muerto. A principios de los ochenta tenía un póster suyo en mi habitación (el único póster que colgué) y el Thriller marcó un antes y un después en la historia de la música, de mi música; que después de desquiciara ya es harina de otro costal. Para mí es difícil asumir que ya no habrá más discos o vídeos suyos. Pero podría hablar también de Farraw Fawcett y sus Àngeles de Charlie que adornaron mi infancia o de otra muerte que me ha impactado : la de Jordi Estadella. Hace poco, Teresa, hacía una reflexión más o menos parecida a la tuya:tenemos que ir asumiendo que las personas, famosas o no, que formaron parte de nuestra infancia y adolescencia irán desapareciendo poco a poco (esta misma semana, una vecina de cuando vivía con mis padres, un poco, sólo un poco mayor que ellos). Nosotros tenemos ahora la edad que tenían ellos, cuando desde nuestros ojos de niños o adolescentes nos parecian tan adultos. Y sin embargo, como tu decías, Teresa, los cuarenta llegaron casi sin darme cuenta y tampoco sé muy bien qué significan. Sigo teniendo dudas, preguntas, curiosidad, sueños y ni gota de las certezas absolutas que de niña creía que tenían las personas de esa edad. Una vez más, un post precioso.

Teresa, la de la ventana dijo...

Y sólo estamos empezando, Mayte... En cuanto a las certezas de los adultos de nuestra infancia, creo que lo que pasaba es que disimulaban muy bien, a fin de cuentas es parte de la labor de ser padres, dar esa sensación de seguridad y de ser todopoderosos ante los hijos, al menos hasta cierto momento en que ya no cuela. Lo que podría pasar es que a nosotras nos falta ese toque porque no tenemos hijos. Y eso, seguir siendo "hijos de" en lugar de "madres de" nos da un pequeño margen para prolongar un poco más en el tiempo nuestra tendencia a ser curiosas, dubitativas y soñadoras...

Anónimo dijo...

Precioso post, me ha encantado.
Vicent.

Teresa, la de la ventana dijo...

Gracias, Vicent.

Arancha C. dijo...

¡Qué suerte haberte encontrado! Un placer seguir tu blog por las similitudes que nos unen: nuestra condición de mujer que ve más cerca el fin que el principio y no sabe muy bien cómo ha llegado hasta ahí.

Teresa, la de la ventana dijo...

Bienvenida, Arancha. Bueno, ésa es sólo una similitud. A ver si encuentras alguna más y vuelves a asomarte a esta ventana.

Arancha C. dijo...

Otra similitudes: también ahora disfruto de la escritura. Bueno en realidad llevo haciéndolo toda la vida, lo que pasa es que ahora me he dado la oportunidad de creerme que me lo puedo tomar un poco en serio (o eso me decían algunos que me leían y después de tanto insistir decidí darles un voto de confianza). Ya ves: cambios que se producen a los 40, entre otros... Es verdad que no existe un momento fijo para hacerse mayor, pero si hay una zona del calendario de la vida que propicia muchos cambios. Dudo como tú de que estos cambios nos acerquen a la verdadera madurez, pero sí tengo más claro que nos "cambian el abrigo que vestimos".

Bueno, aunque Alice se perdió y se pasó a mirar por tu ventana, también la puedes visitar en su blog si te apetece. Lleva muy poquito pero, ¡estás invitada!

Teresa, la de la ventana dijo...

Lo importante es que tú disfrutes, tampoco hay que tomarse nada excesivamente en serio, y menos aún porque te lo digan los demás (la escritura, lo que menos: cuando lo haces dejas de disfrutar porque empiezas a comparar con lo que hay por ahí publicado, a querer estar a la altura de los que esperan mucho de ti y a exigirte demasiado). Pero no lo dudes, claro que echaré un vistazo, a ver qué cuentas, Arancha.